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ARTÍCULOS DE OPINIÓN :
EL
ESPECTADOR
Julio 31/05
La persistencia por un
acuerdo
Editorial

Un
acuerdo que libere a los secuestrados políticos de las Farc es importante.
Ya es tiempo de que regresen a sus hogares los militares y civiles que
fueron plagiados para forzar un intercambio de prisioneros. El Gobierno
aceptó que está dispuesto a promoverlo, el interrogante ahora es cómo
romper el círculo vicioso de condiciones imposibles que surgen cada vez
que vuelve a hablarse de este tema. El sentido común enseña que lo primero
es conversar. En cualquier parte, pero entablar un diálogo largo y
sostenido que concrete una salida justa para las partes enfrentadas. Con
condiciones que ratifiquen que se trata de un asunto humanitario.
Este
es un primer paso que hoy parece remoto por las urgencias de la guerra. El
orden público alterado en el Putumayo lo testifica. El Plan Patriota que
arremete contra las Farc lo evidencia. No ha habido reposo en los últimos
tres años. Pero en medio de esta necesaria acción de la fuerza pública hay
un grupo de inermes colombianos que no tiene salida distinta a esperar a
que sus captores truequen su libertad. El país entero sabe que eso es un
exabrupto. Pero el Estado y la sociedad tienen el deber de proteger a los
más indefensos, precisamente a los secuestrados que dependen de un momento
de tregua.
No se
claudica, no se pierde la guerra, no se sacrifica la seguridad, no se
lesiona la moral de la tropa cuando con bases sólidas y argumentos serios
se busca la libertad de los cautivos de la violencia. No se trata de
invocar leyes infranqueables o doctrinas absolutas, es una decisión que
exige pragmatismo político. La prioridad son los cautivos. ¿Si pueden ser
liberados a un precio que no signifique impunidad, por qué no hacerlo? No
es débil quien se arriesga a auxiliar a sus compatriotas en desgracia.
En
tres años no ha habido un solo diálogo directo entre Gobierno y Farc y el
conflicto armado está más vigente que nunca. No estamos ante el final de
la lucha armada entre el Estado y las Farc, pero sí es este un momento
para advertir qué pueden esperar los colombianos en materia de paz. El
reto es demostrar qué capacidad existe para humanizar una guerra que
muchos no quieren ver, pero que golpea a demasiadas familias colombianas,
entre ellas las de los militares y políticos cautivos. Los dolientes de la
lucha armada que ahora demandan de la Procuraduría un amparo legal que
habilite alguna fórmula de acuerdo.
O al
menos que propicie un concepto autorizado que obligue al país a
reflexionar sobre los deberes del Estado y la insurgencia respecto a los
cautivos. Un debate nacional que no puede eludirse, que no puede
convertirse en un tema tabú que estigmatice a quienes lo invocan. Como lo
enuncia la Constitución, la paz es un deber de obligatorio cumplimiento.
Por eso el primer desafío de un eventual acuerdo humanitario entre el
Gobierno y las Farc, es aceptar que se trata de fortalecer los argumentos
y de llenarse de razones hasta alcanzar la libertad de quienes sufren los
horrores del secuestro.
Moreno en el BID
Armando Montenegro

Muy
buena noticia la elección de Luis Alberto Moreno como presidente del BID.
Es un reconocimiento a una trayectoria especialmente brillante, en el
sector privado, en el gobierno de Colombia y, sobre todo, al frente de
nuestra embajada en Washington. El desempeño de Moreno en este cargo, sin
duda, marca un hito en la historia de la diplomacia del país.
Los
desafíos de Moreno son enormes. El BID es una entidad paquidérmica, con
grandes dificultades para colocarse a la vanguardia de los cambios en
América Latina. Si bien el Banco cuenta con algunos grupos de
profesionales muy calificados, entre quienes se hallan varios colombianos,
adolece también de una severa y persistente burocratización (hace poco le
preguntaron a un alto funcionario de la entidad: “¿Cuántas personas
trabajan en el Banco?”; su respuesta fue: “Cerca de la mitad”).
Otro
problema es su complicada dinámica interna. El BID, como todos los bancos
regionales, es, por definición, una entidad para realizar autopréstamos:
se especializa en darles créditos a sus propios dueños, quienes los
aprueban en su Junta Directiva. Como es natural, este hecho crea entre los
miembros cierta complicidad. Ningún país tiene incentivos para oponerse o
para pedir que se examinen las operaciones que favorecen a los demás. Se
apoyan los créditos de los otros, a la espera de que, más adelante, éstos
tengan reciprocidad (“ayúdame que yo te ayudaré”). En este ambiente
precario, buena parte de la sensatez financiera está en manos del personal
técnico de la entidad (con los altibajos y los problemas que ya se
mencionaron) y de los países desarrollados, que no reciben préstamos pero
que hacen parte del gobierno del Banco.
Muchas
veces, sin embargo, los aspectos políticos son determinantes. Es
interesante recordar, por ejemplo, que en la segunda mitad de los años
noventa, los buenos economistas del BID advirtieron en un célebre
documento que en Colombia se estaba activando una enorme bomba fiscal;
recomendaron que el Banco tomara cartas en el asunto y que se enfrentara
el problema. Por el lío político que se armó, por la protesta del gobierno
afectado, se desconoció el informe técnico y se terminó declarando a los
cuatro vientos que no había problema alguno. Más aún, en los años
siguientes se otorgaron grandes créditos que facilitaron el aumento del
déficit de Colombia.
En el
funcionamiento del BID es preponderante el papel de Estados Unidos, su
mayor accionista, un país que utiliza la entidad como uno de los
instrumentos de su política regional. Por este motivo, en buena medida,
dentro del banco, sobre todo en su directorio, se da un diálogo permanente
entre los países latinoamericanos y Estados Unidos, un diálogo en el cual
el presidente de la entidad tiene un gran papel de canalización,
moderación y dirección. Sin duda, el embajador Moreno, conocedor como
pocos de estos temas, va a ser un vocero permanente de los países
latinoamericanos y un catalizador de las grandes discusiones económicas
interamericanas.
Con la
llegada de Moreno se da, por fin, la necesaria renovación generacional en
el BID. Enrique Iglesias, uno de los más destacados ministros y
funcionarios de la región en los años sesenta y setenta, formado en las
ideas cepalinas de antaño, le da paso a un brillante ministro de los años
noventa, un diplomático moderno y sofisticado, que tiene en su cabeza las
ideas de la globalización y de la apertura, un promotor y defensor de los
acuerdos de libre comercio. Con su bagaje intelectual y con su variada
experiencia, desde el BID Moreno puede ayudar a poner a América Latina a
tono con las prioridades del momento, al tiempo que puede mejorar la
eficacia y la pertinencia de los programas del Banco a favor de los
millones de pobres del continente.
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Comprar coca, sembrar
cizaña
Alfredo Molano Bravo

En principio no tiene pies ni cabeza el programa del presidente
Uribe lanzado en uno de los tales consejos comunitarios, de cambiar
coca por plata. Digo programa, porque aunque sacado del cubilete, el
Ministro de Agricultura declaró que la iniciativa “no tenía
reversa”. La polémica se desató: el escudero parlamentario del
régimen, Armando Benedetti, dijo que se trataba de una “propuesta
audaz”; el gobernador del Meta opinó que es una estrategia destinada
a derrotar “el flagelo de la droga”. De otro lado, el senador Rafael
Pardo —que sabe de lo que habla— piensa que es una medida
“improvisada”. El Tiempo —que suele resbalar editoriales en las
notas informativas— pregunta de dónde saldrá el dinero para pagar
los 2 billones de pesos que cuesta comprar la marranita de coca en
la feria. Creo que el cálculo está equivocado. En el país, según
cifras oficiales, hay todavía 80.000 hectáreas, que producen al año
480.000 kilos de coca, por los que los traquetos pagan unos 9,6
billones de pesos. Si el programa está adscrito al Ministerio de
Defensa, ello significa que se dejarán de comprar aviones, tanques,
cañones, bombas, para comprar coca. ¿Qué otra sorpresa nos deparará
la demagogia oficial? ¿Quién hubiera imaginado ver al Presidente y a
sus ministros comprando merca en la feria de, digamos, Vistahermosa
en la inauguración del programa? Uno lo ha visto montando a caballo
dándole vuelta al ganado, pero lo otro ni el más irrespetuoso de los
caricaturistas.
Pardo no entiende por qué razón en lugar de comprar la coca, no
invierte esa platica en programas sociales de sustitución de
cultivos. Respuesta: porque no se trata de resolver el problema,
sino de agravarlo. Si se acabara la coca, se caería el Plan Patriota
y con él la Seguridad Democrática. Uribe quedaría sin bandera.
Las preguntas saltan por todas partes: ¿Qué se haría con la
marranita? ¿Hacen chicharrón y jamón con ella? ¿Quién le dará
materile al animalito? ¿Será alguien capaz? ¿O más bien la dejan
suelta para que engorde más?
Sospecho que la cosa va para otro lado. La constante referencia al
programa de Familias Guardabosques hace pensar que uno de los
objetivos es amamantar la clientela reeleccionista. Si a cada colono
le compran en este año preelectoral la cosechita de una sola
hectárea, le darían unos 12 millones de pesos. Si así fuera, el
programa debería llamarse Coca por voto. Cabe otra posibilidad, en
mi opinión el verdadero objetivo del proyecto: sembrar la cizaña
entre los campesinos. Porque se trata, según miembros del Gobierno,
no de comprar la hoja de coca o el látex de la amapola, sino de
pagar recompensas por delación de cultivos. Es decir, la idea —si
así puede llamarse— es convertir a unos campesinos en sapos de
otros. Podría llegar inclusive a echar a unas regiones contra otras.
No creo que este método, tan norteamericano por lo demás, contribuya
a la paz y la seguridad. Por el contrario, equivale a echarle leña a
la hoguera.
Quizás el secreto de todo está en comprarles la coca no a los
campesinos sino a los paramilitares, porque nadie podría creer que
el Gobierno les haría ese favor a las guerrillas. |
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Niño terrible
Ramiro Bejarano Guzmán

Confieso que registré con simpatía la designación de ANDRÉS FELIPE
ARIAS, como ministro de Agricultura, por su juventud, arrojo y
preparación. Nombrar a un político imberbe para reemplazar a Carlos
Gustavo Cano –un excelente funcionario–, significaba un reto,
comparable sólo con las audacias de López Pumarejo, quien sorprendió
al país pastoral de los años 30, cuando elevó a las más altas
dignidades a unos mozuelos como Lleras Camargo, Echandía y otros
desconocidos, que se ganaron el respeto de sus conciudadanos y un
lugar en la galería de hombres ilustres.
Los medios se estremecieron con la llegada al poder de Arias, ese
muchacho de quien nos vendieron una imagen de bacán, porque además
de ser un economista uniandino pilo, especializado en Estados
Unidos, profesor, investigador y escritor, demostró ser tan
incansable trabajador como su jefe, para no ahondar en la frivolidad
de otros comunicadores que prefirieron ocuparse de su faceta de
novio de una modelo o reina.
Todo indicaba que el joven burócrata tendría asegurado un periplo
maravilloso en el cargo y un futuro exitoso en la vida pública. Pero
andando los días y viéndolo actuar, también tengo que admitir que
estoy sufriendo una desilusión, porque fue efímero el hallazgo de
esa figura promisoria. Y no lo digo por el justificado regaño que en
un consejo comunal le soltó en vivo y en directo el presidente
Uribe, por inmaduro.
No es que no me guste nadie en el Gobierno, como reclaman muchos de
mis lectores, pues, para sólo mencionar algunos alfiles, respeto a
Jorge Pinzón, superintendente Bancario; a La Paca Zuleta, la Zarina
Anticorrupción; a Sandra Suárez, la ministra del Medio Ambiente;
inclusive al mismo Sabitas, quien con su nadadito de perro y sin las
pesadas citas de Ortega y Gasset de su repelente e indelicado
antecesor, logró muchos milagros, como el de que por primera vez a
un empresario no le resulten tan mal las cosas en el sector público.
Pero los pasos del ministro Arias son tan confusos, como los de una
señora absolutamente anodina, Martha de Hart, quien para información
de todos, hace tres años es ministra de Comunicaciones.
En efecto, mi pasajero ídolo del Gabinete resultó un prepotente
servidor público, al que ni siquiera los muy encumbrados dirigentes
gremiales pueden aproximársele, entre otros el presidente de
Asocolflores, Augusto Solano –a quien no conozco– y varios
directivos de esa entidad, quienes soportaron un incómodo episodio,
por cuenta del fogoso ministro, que no sólo se negó a recibirlos no
obstante haberles concedido cita previa, sino que los trató con
grosería. Esa altanería pasaría inadvertida, si no fuera porque los
visitantes no son unos lagartos, sino voceros de uno de los sectores
más productivos del agro.
A lo anterior se agregan unas lánguidas declaraciones, todavía más
desilusionantes. Dijo nuestro fugaz héroe, a propósito de la
insólita y contradictoria propuesta presidencial de “comprar” coca a
los campesinos, que después camuflaron en el Plan Colombia, que a
eso no había que meterle ideología de ninguna clase. ¿Entonces qué,
sólo plata?
En otra ocasión, este chico superdotado fue más allá al admitir su
total desprecio por cualquier opinión política –lo que prácticamente
le parece pura “carreta”– y su obsecuente apego al pragmatismo,
único credo al que le rinde culto enceguecido.
O el arrogante ministro tiene problemas con la ideología o no tiene
ninguna. ¡Qué pesar! Y eso que apenas se está asomando a los
románticos y soñadores 30 años.
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Addenda.- Qué raro que sólo con posterioridad a la Ley de Justicia y
Paz, el Gobierno sí se haya preocupado por endurecer las penas
contra el terrorismo, propiciando ahora una nueva ley que considere
también terroristas a quienes financien esas actividades criminales.
notasdebuhardilla@hotmail.com |
Los pobres conformes
Alejandro Gaviria

En un
país donde la confusión mental y la estridencia ideológica son
consuetudinarias, la claridad de pensamiento y la relevancia práctica no
deberían pasar desapercibidas. Por ello, quiero traer a colación las
palabras de Juan Correa, secretario de Planeación de Cartagena,
reproducidas esta semana por el diario El Tiempo en su versión de internet.
“Los ‘sisbenizados’ gozan de atención gratis en salud, no pagan colegio,
reciben alimentación y muy pocos están al día con los servicios públicos.
Cuando la gente se entera de que puede pertenecer a este régimen, se
enfrasca en demostrar su pobreza”. Según el funcionario (a quien deberían
prestar atención todos los candidatos presidenciales), “si esta tendencia
no se contrarresta, la cifra de ‘pobres conformes’ podría triplicarse
dentro de cinco años”.
Por lo
pronto, las palabras de Correa ponen de presente que la política de sumar
sisbenizados puede tener efectos adversos sobre la participación laboral.
Simplemente cuando los beneficios se generalizan, como ha venido
ocurriendo con el régimen subsidiado en salud, por ejemplo, muchos
receptores se convierten en pobres conformes. Por desgracia la
preocupación de Correa (los incentivos perversos del asistencialismo
permanente) ha sido dejada de lado en las discusiones sobre política
social. Según la filosofía actual, el éxito se cuenta en el número de
beneficiarios. Pero este fetichismo contable, como bien lo advierte
Correa, puede terminar siendo contraproducente.
Por lo
demás, el asistencialismo generalizado no sólo es contraproducente a nivel
micro; es también insostenible a nivel macro. Si los pobres conformes se
triplican en cinco años, como lo predice Correa, la demanda por recursos
excederá con creces las posibilidades fiscales. Aun si los beneficiarios
crecen según las tendencias demográficas, la sostenibilidad no está
asegurada. No obstante, la política actual consiste en afiliar, afiliar y
afiliar: al régimen subsidiado, a los desayunos escolares, a los subsidios
rurales, a los suplementos alimenticios, etc. Raramente se definen reglas
claras de salida y paulatinamente se van creando compromisos permanentes
que, tarde o temprano, se harán insostenibles. Sobra decirlo, una nación
de pobres conformes es una imposibilidad fiscal.
Pero
el secretario Correa no se queda en simplificaciones. Si el problema
consistiera simplemente en la apatía laboral de los sisbenizados, la
solución sería tan sencilla como eliminar los programas asistenciales. El
problema tiene, sin embargo, una complicación adicional: la falta de
oportunidades de trabajo. O, como dice el secretario, “la caída en el
número de plazas laborales”. Por supuesto, ambos asuntos están
relacionados: la falta de empleo impulsa el gasto asistencial, y el
crecimiento del mismo propicia la dependencia y “la falta de voluntad
colectiva”.
Sin
quererlo, supongo yo, Correa ha puesto de presente la diferencia entre dos
modelos opuestos de intervención estatal. En el primero, una porción
importante del gasto social se orienta a reparar las consecuencias de una
exigua dinámica laboral (o simplemente se dilapida en subsidios
regresivos). En el segundo, el gasto se dirige hacia proyectos que
estimulan la creación de empleo y aumentan la productividad laboral
(infraestructura productiva, capacitación laboral y ciencia y tecnología).
En Colombia, al menos, el primer modelo no ha funcionado. Paradójicamente,
el crecimiento del gasto social ha coincidido con un deterioro
significativo de las condiciones sociales.
En su
pronunciamiento con motivo de la elección del embajador Moreno como
presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, el presidente Uribe
mencionó que la erradicación de la pobreza debería convertirse en el eje
de la unidad continental. En el tránsito de la retórica a la práctica,
bien valdría la pena que se estudiaran con seriedad las advertencias de
Juan Correa.
agaviria@uniandes.edu.co
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Si no es Carolina,
¿quién?
Humberto de la Calle

El celular y el fax acabaron con ladiplomacia. En efecto, hace 5 ó
10 siglos, eso de ser embajador era cosa importante. Como las
comunicaciones eran precarias, la palabra “plenipotenciario” tenía
todo su valor. El rey que nombraba, además de escoger a alguien de
su confianza, lo cual no es mucho, tenía que buscar además un
personaje dotado de su misma sensibilidad política y personal, los
mismos reflejos mentales, idéntico perfil ideológico y hasta las
mismas dotes sibilinas y pérfidas, cuando llegara el caso de
usarlas. Hoy se diría que había que seleccionar un clon. A su vez,
el gobierno que recibía a un embajador de esta catadura, le daba
todo realce, porque lo amaba, le temía o lo odiaba tanto como a su
patrón. Así, el relieve político se multiplicaba geométricamente.
Pero hoy los jefes de Estado hablan por teléfono, ponen faxes y
asisten casi semanalmente a todo tipo de condumios en los que toman
whisky, se acarician la barriga, se tiran o arreglan sus países y se
cuentan sus cuitas. Son las famosas reuniones en la cumbre.
Esto ha hecho que los embajadores corran el riesgo de ser
calificados por una opinión implacable e injusta, como simples
petimetres de coctel y alabarderos de pasaboca.
Luis Alberto Moreno no. Superó ese peligro porque en un sorprendente
movimiento de jiujitsu volteó el asunto: la cercanía con sus
presidentes –Pastrana y Uribe– en vez de haber sido un lastre para
él, se convirtió en una ventaja, su herramienta privilegiada para
tomar las relaciones con Estados Unidos, maltrechas al momento de su
posesión, y llevarlas a la altísima cota en que se encuentran hoy.
La otra ventaja de Moreno es que no sólo cumple una función
representativa, sino que aconseja y construye estrategias, de modo
que se convirtió en pieza maestra para el mejoramiento de las
relaciones.
¿Qué sigue?
La candidata obvia es Carolina Barco. Estados Unidos no es un
hábitat extraño para ella. Se ha crecido en la Cancillería. Sobre
unas bases de prudencia fue construyendo un edificio de pericia.
También está, obviamente, Juan Manuel Santos, si no fuera porque
tiene tareas pendientes aquí –las cuales aún no dan la esperada
cosecha– y porque, además, en caso de que la reelección se caiga en
la Corte, seguramente estará al acecho para ganarse el delfinazgo.
En tales condiciones, no es recomendable desplazarse en dirección
norte más allá de la calle 100.
Es también una tentación para Francisco Santos, su primo,
seguramente fatigado a estas alturas en la Vicepresidencia, ese
cargo indescifrable, esa llanta de repuesto a la vez inútil e
indispensable. Pero, ¿cómo marcharse a Washington a punto de
comenzar, se supone, una campaña en la que podría ser parte del
tiquete uribista?
Peñalosa sería estupendo, pero ese sí que anda ocupado en
tejemanejes electorales, que como la marea, a veces errática,
siempre presente y no pocas veces huidiza, lo han alejado del
gobierno. Aunque Uribe usa la sorpresa como Hércules Poirot o
Tarantino. Nunca se sabe.
Pobre aquél que reemplace a Moreno. Le será difícil competir con su
sombra, con el agravante de que esa sombra permanecerá por varios
años en los salones de Capitol Hill y en los restaurantes de la
calle Pennsylvania.
Columna escrita antes de conocerse el ofrecimiento al ex presidente
Andrés Pastrana. |
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Lo que no sabe Bush
Bob Herbert*

Puedo recordar la arrogancia que acompañó la campaña de bombardeos
“choque y temor reverencial” que inició la guerra en Irak hace más
de dos años. Se suponía que la guerra iba a ser rápida y fácil, pan
comido. El enemigo, se nos dijo, se doblaría como una servilleta de
tela. Y entonces, en las fantasías neoconservadoras de algunos de
los tipos más locos del grupo de Bush, el ejército se prepararía
para la invasión de Irán.
En uno de los mayores engaños en la historia del gobierno
estadounidense, el presidente Bush insistió, a un país traumatizado
por los ataques del 11 de septiembre, que la invasión a Irak era
crucial para el éxito de la así denominada guerra contra el
terrorismo.
“Algunos han argumentado que confrontar la amenaza proveniente de
Irak podría desviar la guerra contra el terrorismo”, dijo Bush en un
discurso pronunciado en el otoño de 2002 que fue ideado para
conseguir apoyo para la invasión. “Por el contrario, confrontar la
amenaza que representa Irak es crucial para ganar la guerra contra
el terrorismo”.
En el discurso, pronunciado en Cincinnati, Bush dijo sobre Irak:
“Posee y produce armas químicas y biológicas. Está buscando armas
nucleares”.
Siempre he exhortado a los políticos a ser cuidadosos con lo que
desean. El Presidente obtuvo la guerra que tanto quería. Pero nunca
entendió el hecho esencial que Georges Clemenceau aprendió hace casi
un siglo: que “es más fácil hacer la guerra que la paz”.
Así es que, ¿dónde estamos ahora que ha intervenido el mundo real?
El ejército está atascado en el cenagal trágico y costoso de Irak, y
no se vislumbra el final del conflicto. Un artículo de primera plana
en The New York Times del domingo dice que los insurgentes
“simplemente se hacen cada vez más fuertes”.
En cuanto al combate contra el terrorismo, las noticias cubren toda
la gama de lo malo a lo horripilante. El centro vacacional Sharm
El-Sheik, en el mar Rojo, fue traumatizado por una serie de
explosiones terroristas temprano en la mañana del sábado. Londres
está temblando a causa de los ataques terroristas contra su sistema
de transporte público, que han reclamado docenas de vidas.
En Nueva York, donde la policía ha iniciado registros al azar de
mochilas y paquetes de los pasajeros del metro, hay una extraña
sensación de resignación mezclada con rachas periódicas de terror,
en tanto los usuarios del transporte batallan con la creencia de que
alguna especie de ataque está destinada a suceder aquí.
Entrevistas realizadas en los últimos días han mostrado que los
usuarios del metro de Nueva York entienden casi instintivamente lo
que el Presidente no comprende: que la guerra en Irak no está
haciendo que estemos más seguros en nuestro país.
“No, de hecho pienso que hace que estemos menos seguros aquí”, dijo
Edmond Lee, un vendedor que vive en el noroeste de Manhattan.
“Fuimos allá sin un verdadero plan. Sin pensar realmente en lo que
podríamos hacer”.
Dijo que le preocupa que lo “que sucedió en el subterráneo de
Londres pueda suceder aquí”.
Los recuerdos de la destrucción del World Trade Center todavía están
grabados como con ácido en las mentes de los neoyorquinos. Muy pocas
personas son pacifistas cuando se trata de la guerra contra el
terrorismo. Sin embargo, la guerra de Bush en Irak es otro asunto.
“Que nuestros soldados estén allá, hace que las cosas sean peores
aquí”, dijo Michael Springfield, un ingeniero de 32 años de Brooklyn.
Una de las personas a las que se encontró en el metro fue Andy
Dommen, un músico alemán que empujaba un carrito de compras lleno de
equipaje. Estableció la distinción fundamental entre Irak y Al-Qaeda,
y dijo que la guerra en Irak es una distracción que “aleja la mirada
del público” de otros problemas importantes, concretamente del
combate contra el terrorismo.
“Arruinar otros países”, dijo Dommen, “no hace que el mundo o
Estados Unidos sean más seguros”.
Todavía no hay indicios de que el gobierno de Bush reconozca la
locura absoluta de su guerra en Irak, que ha sido como una rociada
constante de gasolina al incendio del terrorismo mundial. Lo que se
requería en los días siguientes al 11 de septiembre, era que Estados
Unidos y sus aliados centraran la atención en forma intensa y tipo
láser en el terrorismo al estilo Al-Qaeda.
En lugar de eso, el grupo de Bush vio su oportunidad largamente
soñada de imponerle su voluntad a Irak, que no tenía nada que ver
con la gran tragedia del 11 de septiembre. Muchos miles han pagado
el precio terrible por esa locura ideológica.
*Columnista habitual de “The New York Times”, ganador del premio de
escritura notable en periódicos de la American Society of Newspaper
Editors |
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Dos cenotafios
Marianne Ponsford

El año pasado estuve de visita en Edimburgo y decidí visitar Fettes,
el internado donde estudió mi abuelo. Fue a finales de abril,
durante la Semana Santa, y el colegio estaba vacío y silencioso.
Todavía hacía frío pero una luminosidad tranquila y uniforme daba
una transparencia particular al aire. Me bajé del carro y rodeé
caminando el imponente edificio principal, oyendo el sonido de mis
propios pasos sobre la alfombra de piedras blancas que suelen tener
casi todas las grandes mansiones escocesas.
Al lado de la casa había un monumento sobrio y melancólico, dedicado
a los alumnos del colegio caídos en la Segunda Guerra Mundial. En
cuanto lo vi apresuré el paso y me puse a leer ansiosa los nombres
grabados en la piedra. Y ahí estaba, junto a otros, el nombre de mi
abuelo: James Cecil Spencer Ponsford.
Mi abuelo había sido piloto voluntario de la RAF, y su B-52 fue
abatido por la aviación japonesa en una misión secreta en el frente
de Burma, hacia el final de la guerra. La misión consistía en llevar
provisiones al batallón Chindweis, un grupo que peleaba infiltrado
tras las líneas japonesas, por lo cual su único contacto con sus
aliados era por vía aérea. Las expediciones aéreas habían logrado
pasar las líneas enemigas antes, pero esa vez los japoneses los
estaban esperando.
Mi abuelo no tiene tumba, y aquella luminosa mañana de primavera del
año pasado era la primera vez que yo me encontraba frente a frente
con un monumento de homenaje a su memoria.
En el centro de Hiroshima se alza, rodeado de un inmenso jardín, un
cenotafio de hormigón. El monumento tiene la forma de una antigua
casa japonesa de barro –según su escultor–, para proteger de las
inclemencias del clima las almas de las víctimas de la bomba
atómica. Bajo ese techo curvo y duro reposa un ataúd de granito que
contiene un registro de los nombres de más de 100.000 víctimas de la
bomba atómica. Una inscripción aparentemente sencilla se lee a un
costado del bloque: “Descansen en paz. Porque el error no se
repetirá”.
En Hiroshima, tras la caída de la bomba, la ciudad ardió sin cesar
durante días. Nadie entendía qué había pasado. Muertos vivientes se
arrastraban en harapos de piel, llenos de horripilantes quemaduras,
y se desplomaban por las calles día tras día. Los supervivientes se
arremolinaban a las orillas del río, esperando que llegara la
oscuridad que apaciguaba el dantesco espectáculo, clamando porque
alguien imposible les calmara la sed.
Durante la Segunda Guerra Mundial murieron 61 millones de personas.
De ellas, 18 millones y medio eran combatientes, como mi abuelo,
pero más de 40 millones de seres humanos asesinados eran civiles,
como los cien mil muertos de Hiroshima y Nagasaki. En la guerra, un
avión se va a pique y cambia la historia de una familia. Pero una
bomba incinera casi la mitad de la población de una ciudad y no
cambia radicalmente la conciencia de la humanidad. Prevalece la
sensación de que lo que allí pasó no nos compete de manera íntima y
personal.
No entiendo por qué. |
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¿Quiénes podrían ser?
Felipe Zuleta

Tras la noticia del nombramiento de Luis Alberto Moreno en el BID,
el Gobierno tiene la no fácil tarea de encontrar a un funcionario
que continúe con la brillante labor diplomática que durante siete
años realizó Moreno en Washington.
La verdad, no hay mucho de dónde escoger, tanto así que se ha
llegado a ventilar con insistencia el nombre de Juan Manuel Santos.
Creo que si Juan Manuel decidió aceptar el reto de trabajar con
Uribe en su reelección, mal haría en dejarle tirado el puesto.
Además, el país tampoco se ganaría un buen embajador, pues para eso
se necesita tener un criterio político definido y Santos jamás lo ha
tenido. Por eso ha saltado de un lado para otro, haciendo gala de su
habilidad como prestidigitador político, por lo que algunos lo
identificamos como el Wálter Mercado de la política colombiana.
En cambio, una excelente embajadora sería la actual canciller
Carolina Barco. No sólo porque el tema de la diplomacia lo tiene
claro, sino porque parte de su formación profesional la hizo al lado
de su padre cuando éste se desempeño con lujo de detalles como
embajador en Washington.
Carolina tiene además la particularidad de conocer a los americanos
como a su propia gente, pues es hija de americana. Y no de cualquier
americana: de Carolina Isackson Proctor, quien no fue reina porque
no nació en Inglaterra.
La Canciller, además ,se ha ganado el respeto y el apoyo de sus
conciudadanos, por lo que estoy seguro su nombramiento como
embajadora ante la Casa Blanca no generaría resistencia alguna.
A renglón seguido quedaría por verse quién podría reemplazar a Barco
en la Cancillería.
Me dicen mis fuentes que en la práctica quien está manejando desde
Palacio la nómina diplomática es el consejero presidencial Juan
Lozano. Pues ese sería el perfecto personaje para ser Ministro de
Relaciones. Habla perfecto inglés y francés, es abogado, culto, de
buenos modales, tiene clase, buen trato, tiene carácter y, lo más
importante, jamás permitiría que maltrataran el nombre de Colombia.
Para completar, sabe cómo vestirse con frac y, de contera, no es
paisa. ¡Mejor candidato imposible!
Por supuesto que deben conseguirle un reemplazo en la consejería
presidencial, lo que no debería ser muy complicado pues hay por ahí
una gran cantidad de Popeyes, Chupetas y demás primos o amigos de
Pablo Escobar que se complementarían divinamente en Palacio con José
Obdulio, con quien trabajarían fluidamente.
Finalmente, vale la pena resaltar que la elección de Luis Alberto
Moreno en el BID es de las pocas cosas por las cuales uno se siente
realmente orgulloso de ser colombiano. Moreno es como se dice
popularmente un berraco, pues de no ser por él, las relaciones con
los gringos jamás hubieran llegado a estos niveles de amistad
inusitados.
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Notícula: De manera que el fiscal Osorio se va con despedidas de
vedette. Y eso que no se ha pronunciado sobre el caso de Náder.
Sospechoso. |
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El rompecabezas y la
memoria
Francisco Gutiérrez Sanín

A riesgo de volverme obsesivo, vuelvo a la llamada Ley de Justicia,
Paz y Reparación. Hay tanto en juego que no se puede sino insistir.
En principio, frente a la negociación del Gobierno con los
paramilitares hay dos posiciones posibles. Rechazarla o aceptarla.
La primera opción conlleva al menos dos problemas fundamentales.
Primero, implica renunciar a las conquistas –limitadas pero obvias–
de dicha negociación, y segundo, cerrarle las puertas a la paz con
cualquier otro actor armado. Puesto que, incluso si se genera un
consenso acerca del hecho de que los paramilitares han sido los
peores criminales de lesa humanidad en nuestra guerra –cosa que
considero básicamente cierta–, todos los grupos están tan por encima
del umbral de lo tolerable y han dejado un reguero tan nutrido de
muertos y mutilados que no se podría establecer conversaciones con
ninguno.
Por eso las diversas fuerzas políticas (desde Gina Parody y Rafael
Pardo hasta el Polo Democrático) que han señalado que el problema no
es la negociación sino la forma como se está adelantando, tienen la
razón. ¿Qué se debería hacer? Comencemos por lo básico. Si se está
hablando de negociación, hay que tener en cuenta lo que los
economistas llaman el “precio de reserva” de los paramilitares –el
mínimo de garantías que están dispuestos a recibir para mantener el
proceso–. Creo que lo podemos resumir en dos palabras: penas
judiciales reducidas y limitadas, y no extradición. Como en otras
partes del mundo (El Salvador, por ejemplo) la sociedad y las
víctimas podrían aceptar pagar ese costo, escandalosamente alto,
para obtener la paz.
Hasta aquí, santo y bueno. Pero lo que sigue es un desastre –un
desastre que le puede costar al país litros y litros de sangre y
años de desarrollo–. Porque, junto con el “precio de reserva”, el
Gobierno ha pasado en realidad un paquete de amnesia colectiva, un
borrón y cuenta nueva. Eso significa que: a) los paramilitares no
tienen ningún incentivo para decir la verdad sobre sus crímenes (en
el proyecto de pardo sí lo tenían); b) de hecho, dada la magnitud de
la reinserción y la falta de dichos incentivos, se está garantizando
que será imposible saber qué pasó; c) no se prevé ninguna acción en
gran escala para cortar los vínculos entre los paramilitares y las
autoridades nacionales, departamentales y municipales, pese a que
dichos vínculos han sido cuidadosa y profusamente documentados; d)
tampoco se prevé acción alguna para acompañar y apoyar a las
organizaciones de las víctimas y sus familiares; e) increíblemente,
no se ha diseñado un solo mecanismo para impulsar la devolución de
las propiedades mal habidas (por ejemplo, robadas a los campesinos),
pese a las evidencias contundentes (ver el informe de la
Contraloría) de que la cosa no está avanzando.
En su estado actual, el proyecto significa no sólo garantizar la
impunidad en gran escala, sino perder la oportunidad de desvincular
al estado de grupos criminales, y de transformar atrasadas
estructuras agrarias. Si seguimos por ese camino, vamos al
matrimonio entre tales estructuras y densas redes de extorsión, algo
que ya sucedió hace décadas en una isla del Mediterráneo. A
propósito de lo cual: uno de los aforismos predilectos de la mafia
es que el asesinato perfecto es aquel en el que desaparecen el
cuerpo y su recuerdo. Para que esta cosa nuestra deje de parecerse a
un asesinato perfecto, hay que meterle memoria, más memoria. Ya que
el Gobierno no se le apunta, ¿no habrá instituciones en la sociedad
que –con apoyo internacional y con la intención de tener en cuenta
también a las miles de víctimas de la guerrilla– estén pensando en
formar una comisión de la verdad para recuperar los detalles de esta
pesadilla? |
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Con amigos así…
Lisandro Duqufe Naranjo

Hasta la fecha, se han descrito con largueza varias facetas de la
personalidad del Presidente de la República, a saber: su
laboriosidad incansable, sus bandazos temperamentales, su adicción
por los diminutivos (que no es estricta de él, sino muy paisa, sólo
que por su investidura se convirtió en un estilo de gobierno que
otros mandatarios antioqueños eludían para no ser tan “auténticos”),
su tozudez en las iniciativas, su audacia para imponerles a sus
funcionarios un léxico contra la corriente de las evidencias —lo de
que aquí no hay conflicto armado por ejemplo— y, por supuesto, su
parquedad casi monacal frente a algunos goces frívolos que depara el
poder. Se le ha ignorado, sin embargo, un rasgo que a estas horas
debe estar ejerciendo con exceso justificado de crispación: su
malicia. La misma que, junto a una bronca íntima, le están
inspirando en mayor medida sus aliados que sus contrincantes.
Y con razón, porque como está en suspenso el proyecto reeleccionista
inmediato, a causa de la espera del fallo de la Corte
Constitucional, es innegable que algunos de los incondicionales del
primer mandatario están pelando el cobre según sean “las resultas”
de la sentencia de la alta corporación. La están jugando de dos
cabezas, mejor dicho: si la reelección inmediata sale inexequible,
ya tienen una opción de relevo que consiste en el apoyo a otra
candidatura en remojo, o incluso al lanzamiento de la propia. La
doctora Sandra Ceballos, por ejemplo, se le apunta a la de Antanas
Mockus, pero por si las moscas le prende velas a Uribe Vélez. El
senador Pimiento, hace poco, dijo que habrá que ir pensando en una
alternativa para el caso de que no haya reelección. Mientras tanto,
se muestra uribista hasta las cachas. Peñalosa, en vísperas del
congreso liberal, pidió aplazar la decisión sobre candidaturas hasta
cuando se sepa si Uribe puede o no aspirar. Se supone que para
escoger entonces si aplica a la Vicepresidencia con el repitente, o
a la titularidad con la oposición. A Vargas Lleras, todo el mundo lo
imagina haciendo fuerza para que el fallo de la Corte lo catapulte,
así se la pase diciendo que lo deseable es una decisión ajustada a
Derecho, frase críptica con la que disimula su ambición de
reemplazar a Uribe cuanto antes. Todos ellos dan para evocar el
verso de José Ángel Buesa: “Señora, según me dicen ya tiene usted
otro amante. Lástima que la prisa nunca sea elegante”.
Muy solo debe sentirse el Presidente con esos aliados tan aviones.
Recordará el tango Yira: “Cuando manyés que a tu lado se prueban las
ropas que vas a dejar”. Hasta el frac de España se pondrían, de
tantas ganas que tienen de que les desocupe el paisaje y no siga
oscureciéndolos con su carisma y sus encuestas. Apuesto a que si al
Presidente le sale favorable la decisión de la Corte, un día después
de la misma habrá en Palacio una barrida absoluta de amistades. Y si
adversa, éstas sólo tendrán que completar la desbandada ya
emprendida.
Para no ir muy lejos, el 20 de julio pasado, el doctor Luis Humberto
Gómez Gallo, hasta ese momento presidente del Senado, soltó durante
su discurso ésta frase: “En mi condición de presidente de la
República…”. Como alcanzó a caer en la cuenta tarde, y delante del
propio presidente Uribe, el orador intentó echarle tierra al dislate
con una frase que, aunque muy socorrida, fue sincera y digna de un
diván: “Perdón, me traicionó el subconsciente”. No es muy cuidadoso
el doctor Gómez Gallo en esos protocolos, pues dos días antes,
durante la inauguración del canal televisivo del Congreso, le había
cambiado al doctor Carlos Isaac Náder, presidente de la Corte
Suprema Justicia, su cargo actual, confundiéndolo con su homólogo de
la Corte Constitucional, quien no se encontraba entre los presentes.
A cualquiera, sin ser sicoanalista —el presidente Uribe,
verbigracia—, semejantes lapsus y equívocas asociaciones, tan
seguidas, le darán qué pensar. Por si fuera poco, la nueva
presidenta del Senado, Claudia Blum, reincidió, durante su discurso
de posesión, en similar pifia, con la diferencia de que siguió de
largo sin parar en mientes. El 20 de julio, pues, al menos en los
respectivos subconscientes de los directivos saliente y entrante del
Congreso, lo que hubo fue una transmisión de mando entre dos jefes
de estado. O, para ser precisos, de aspirantes a conformar una nueva
fila india de precandidatos a Presidencia y Vicepresidencia, que
aunque no las obtengan nunca, por lo menos les quedan de adorno en
la hoja de vida. Muy prematura la rebatiña de dignidades
hipotéticas, si se tiene en cuenta que la Corte Constitucional no se
ha pronunciado aún acerca de si habrá o no piñata.
No le debe resbalar al presidente Uribe el impudor con que los suyos
se rifan, o le endosan a terceros, la silla que él quiere para sí
durante otros cuatro años. Es tan deleznable el concepto de lealtad
en el curubito uribista, que el mandatario hizo cuanto pudo, ganando
el pulso, para que Gina Parody quedara de presidenta de la Comisión
Primera de la Cámara, llevándoles la contraria a los que la llamaron
traidora hace mes y medio. Una forma de decir que los traidores son
otros.
lisandroduquenaranjo@yahoo.es |
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Segundo cargo más
importante
Lorenzo Madrigal

Se oye muchas veces hablar del segundo cargo más importante del
país. Apreciación que es variable. Hoy se dice que es la Fiscalía
General de la Nación. Otras veces se ha dicho que es la Alcaldía
Mayor de Bogotá y cuánto más lo fuera ahora con elección popular,
convertida, como está, en baluarte político alternativo.
Cómo negar que, al menos por dignidad, el segundo hombre de la
República es el Vicepresidente y hasta hace algunos años el
Designado a la Presidencia. Si bien el Designado no ejercía
funciones específicas, cuando hoy las tiene el Vicepresidente y se
le habilita además una sede palaciega, viene a ser éste, sin duda,
el segundo cargo más importante de la Nación.
Solía Alberto Lleras llamar a la Presidencia el primer empleo del
país. Con aquella su orgullosa modestia republicana, el gran Lleras
minimizaba su posición preeminente, que ocupó en dos ocasiones,
habiendo sido el presidente más joven del siglo que pasó, de sólo 38
años, en la primera ocasión.
Pero si fuéramos a medir, no tan sólo por el número de empleos a
disposición o por la capacidad de mando sobre subalternos o fuerza
policial, para mí la Procuraduría General de la Nación competiría
con ventaja con la Fiscalía, toda vez que el Procurador depende en
menor medida del Poder Ejecutivo y es más su par y su vigilante.
¿Y dónde dejar en un país excesivamente político al ministro de la
política, esto es, al del Interior, hoy también de Justicia? Nadie
niega que Uribe y Pretelt tienen por estos días las riendas del
país. En otros tiempos, dígase Ospina y Echandía, Laureano y Sarasty,
Rojas y Pabón, Lleras Restrepo y el Tigrillo Noriega, Samper y su
sufrido segundo, Horacio Serpa, para citar algunos ejemplos.
Pero en un país en guerra, cuando el Presidente mismo amaga quedarse
cerca de los campos de batalla, no puede negarse la importancia
principal del Comandante General de las Fuerzas, que en realidad es
el segundo comandante, toda vez que el primero es el propio
Presidente. En el gobierno de Turbay Ayala, fue el Ministerio de
Defensa el que adquirió una preeminencia tal que fue el inequívoco
segundo cargo, en cabeza de mi general Camacho Leyva, binomio que
todavía se recuerda.
En determinados casos, como fue el de Alfonso Valdivieso, hoy
minimizado por la crítica, el Fiscal vino a ser el más claro
antagonista del Presidente, a quien debió denunciar ante las
cámaras. Llegó a ser hombre del año en medios periodísticos y se
pudo decir que era el suyo el segundo cargo público de la Nación.
¿Esto a que viene? A dos cosas, una, a que nunca entendí por qué el
vicepresidente De la Calle se creyó forzado a renunciar por presión
del primer mandatario, siendo que ambos habían sido elegidos por
voluntad popular y no había entre ellos subalternidad.
Dos, que desde la creación de la Fiscalía, ente acusador y policial,
se la ha considerado en más elevada categoría que las altas cortes,
falladoras en justicia. La aceleración de los procedimientos que se
ha logrado con el fiscal Osorio, no le otorga a la eficacia
conseguida una primacía sobre la más lenta, pero definitivamente más
importante declaración magistral de la Justicia. |
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Petardos y bombas;
Zapatero; la mujer de Lot
Manuel Drezner

Zapatero
P. Opino que el llamar al presidente del gobierno español por su
segundo apellido, Zapatero, no tiene tanto que ver con las
costumbres gringas, sino con el propio entorno español, pues allí
así lo nombran los medios y sus propios copartidarios. Supongo que
tiene algo que ver con lo común de su primer apellido y con que
Zapatero saliera del común de la gente y no de los encopetados
apellidos españoles y éste es lo que quieren enfatizar. (MARÍA
CRISTINA YEPES, Bogotá)
R. Es posible que quieran evitar el Rodríguez, mucho más común que
el Zapatero. Pero el lector José R. Terreros dice que “Un amigo muy
graciosa y sabiamente afirma que cuando una persona al presentarse a
otra dice su nombre y dos apellidos, generalmente haciendo énfasis
en el segundo, es porque el primero es malo”. Entre esas
posibilidades está la razón del uso del segundo apellido para llamar
al jefe del gobierno español, tema que curiosamente originó casi una
docena de cartas que opinan al respecto.
La mujer de Lot
P. Muchos hacedores de crucigramas (¿crucigrameros?) llaman Edit a
la mujer de Lot. Hasta donde mis pobres conocimientos bíblicos me lo
permiten, la mujer de Lot es simplemente la mujer de Lot y no tiene
nombre conocido. ¿Estoy errado? También es frecuente que denominen
“Ar” al Argón y en todas las tablas periódicas que conozco el noble
gas es simplemente “A”. (JOSÉ R. TERREROS, Bogotá)
R. La salada mujer de Lot es eso, la mujer de Lot, sin nombre
conocido. Eso de que la llamen Edit es un invento que repiten una y
otra vez sin que exista base para ello. En cuanto al Argón, puede
que las tablas periódicas lo llamen "A", pero en cantidad de obras
de referencia e incluso textos de química le dicen "Ar", de modo que
hay que asumir que las dos abreviaturas son correctas.
El todero
P. La palabra todero sí figura en el Diccionario... (Ing. ÁLVARO
URREA BUSTAMANTE, Bogotá)
R. En efecto, y contra lo que aquí se dijo, la útil palabra todero
ya ha sido incorporada a la más reciente edición del Diccionario de
la Academia como colombianismo. Gracias al amigo por su aclaración.
Petardos y bombas
P. A veces los terroristas ponen petardos y a veces ponen bombas.
¿Cuál es la diferencia? (R.H.,Cali)
R. La diferencia básica es que mientras que el petardo lo único que
trata de hacer es mucho ruido y crear con éste, terror, la bomba
trata de ser tan destructiva como se pueda, y el terror lo crea la
cantidad de víctimas. De hecho la palabra petardo tiene el mismo
origen (el latinajo pedere) que el maloliente ruido digestivo, y por
eso se refiere elocuentemente, al ruido que hace.
manueldr@etb.net.co |
La ley y la justicia
Tomás
Eloy Martínez*

Hacia
1982, en los últimos días de mi exilio en Venezuela, le oí a Ramón J.
Velásquez, un historiador famoso que luego sería presidente de la
República, contar que medio siglo antes, el dictador Juan Vicente Gómez
ordenó que reunieran a todos los mendigos en un barco mercante y los
dejaran abandonados a la suerte del mar.
Pensé
entonces en el único mendigo al que conocí de cerca, un hombrecito frágil
y devoto, al que llamábamos Pacheco. En las tardes de la adolescencia
solía sentarme con él en los bancos de la Plaza Independencia de Tucumán
para que me contara sus visiones del Juicio Universal, del que se
proclamaba testigo y sobreviviente.
Pacheco hablaba con los ángeles y creía que cada ángel constituye en sí
mismo un paraíso. Imaginaba, por lo tanto, innumerables paraísos. Abrigaba
la ilusión de encontrar uno propio después de la muerte, ya que nada había
tenido en la vida.
A
mediados de 1996, en un café del centro de Tucumán, dos amigos que también
conocieron a Pacheco me contaron que había muerto en julio de 1977,
durante la expulsión en masa de mendigos ordenada por el general Antonio
Domingo Bussi —gobernador militar de aquellos tiempos— para exhibir las
virtudes de su régimen ante el presidente de facto Jorge Rafael Videla.
Algunos de los infortunados mendigos habían visto a Pacheco —me dijeron—
caminar hacia la muerte, desesperado de sed, en dirección al salar de
Pipanaco, muy lejos del descampado donde lo abandonaron.
La
crueldad de la historia me acongojó y pregunté quién podía conocer
detalles más certeros.
“Ya
nadie”, me explicaron mis amigos, “porque los que no perecieron en aquella
travesía de infierno, fueron muriendo de un modo más atroz cuando los
trajeron de vuelta. Se convirtieron en parias. Nadie se atrevía a darles
comida ni abrigo, por miedo a las represalias del dictador”.
Me
pareció que era un acto de justicia —aunque fuera tan sólo mi justicia—
evocar a Pacheco en algún texto, para que su memoria no se perdiera, como
tantas cosas. En enero de 2004 publiqué una crónica sobre aquellos hechos,
atribuyendo a Bussi la responsabilidad de la expulsión.
El ex
gobernador y comandante militar no sólo disponía entonces de un poder
absoluto sobre su territorio. También era culpable de centenares de
secuestros, torturas y matanzas durante los dos años de su régimen feudal.
Un ex
gendarme que había servido bajo sus órdenes declaró haber visto, en un
arsenal de Tucumán, a fines de 1976, cómo Bussi ordenaba arrodillarse a
los detenidos, en grupos de 15 a 20, al borde de una zanja, y lanzaba
personalmente la primera ráfaga de disparos como una señal para los
fusilamientos.
Durante décadas, el atroz destino de los pordioseros tucumanos yació en el
olvido. Pude exhumar un valiente relato publicado el 17 de julio de 1977
por el ya extinguido diario La Unión de Catamarca, que pertenecía al
obispado de esa provincia.
Según
La Unión, “los desposeídos” eran 24 y habían sido abandonados por un
furgón del gobierno militar de Tucumán en grupos de dos a tres, a lo largo
de unos 53 kilómetros, en el límite entre las dos provincias. La
temperatura había descendido ese día a menos de un grado y los mendigos
andaban en harapos. Al amanecer, los vecinos de los pueblos de los
alrededores oyeron sus pedidos de auxilio, los condujeron al hospital de
La Merced y denunciaron el incidente.
Cuando
el gobernador militar de Catamarca se quejó porque su provincia estaba
siendo convertida en “un depósito de desechos humanos”, Bussi ordenó que
los mendigos fueran llevados de regreso en un avión sanitario.
Como
la barbarie de la expulsión había saltado ya las vallas de la censura y se
convertía en un escándalo nacional, el dictador feudal —que una década
después ampararía sus atrocidades en la obediencia debida a órdenes
superiores— decidió atribuir la culpa a sus subordinados.
Señaló
que, “lejos de tratarse de lisiados, tullidos, ciegos y locos”, los
desamparados eran, “en su gran mayoría, prófugos crónicos de centros
asistenciales”, contra los cuales la policía tucumana había actuado por su
cuenta, en un exceso de celo.
En mi
crónica de 2004 yo llamaba a Bussi “pequeño tirano”" Eso lo enfureció. Me
acusó de haberlo injuriado. El Diccionario de la Real Academia, sin
embargo, lo refuta. Define como tiranos a quienes “obtienen contra el
derecho el gobierno de un Estado, y principalmente” quienes lo rigen “sin
justicia y a medida de su voluntad”.
Como
algunas radios y diarios se han hecho eco del incidente, en Argentina y
fuera de ella, quisiera precisar un par de puntos, porque en el episodio
están involucradas —me parece— algo más que las razones o sinrazones
personales. Se trata, en el fondo, de los abismos que se abren entre una
concepción democrática y una concepción autoritaria de la vida.
Bussi
afirma que ordenó investigar los hechos y que, como consecuencia,
destituyó y sancionó al jefe de la policía provincial y pasó a retiro al
personal que actuó en la expulsión.
Dos
detalles esenciales lo desmienten. En una época de extremas sospechas y de
caminos muy vigilados, el furgón con los mendigos —no prisioneros, sino
secuestrados— había atravesado al menos siete retenes militares, lo que
era imposible sin autorización del comandante regional.
El
otro detalle alude a la sanción contra el jefe de la policía provincial,
teniente coronel Mario Albino Zimmermann, que se dio a conocer el 18 de
agosto de 1977, y que consistió no en arresto o cesantía, sino en
nombrarlo, el día antes, secretario de Estado de Planeamiento y
Coordinación. El “castigo ejemplar”, como se advierte, consistió en un
ascenso.
Lo que
me duele de esta historia es que me he quedado sin saber si Pacheco fue o
no al salar de Pipanaco a beber las aguas de su paraíso propio, pero no me
cabe duda de que allí está todavía, a la espera del próximo juicio
universal.
*Autor
de “La Novela de Perón”, de “Santa Evita”, de “El Vuelo de la Reina”, que
gano en España el Premio Alfaguara.
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Transmilenio y salud
Juan Pablo Ruiz Soto*

Uno de los pocos éxitos en soluciones urbanas aplicadas en Colombia
es el Transmilenio. A pesar de que algunos taxistas se quejen porque
les quita clientes; que algunos propietarios de buseta lo vean como
un enemigo que les envía al desempleo, o que algunos usuarios
reclamen por el sobrecupo, sin duda el Transmilenio tiene mucho más
de positivo que de negativo.
Tan bueno es el diseño del Transmilenio, que desde su puesta en
operación, muchas son las comisiones de gobiernos extranjeros que lo
han venido a conocer. El sistema es rápido, barato y rentable, tres
características que juntas poco se dan. Los metros o subterráneos
son rápidos, pero mucho más costosos y requieren grandes y
permanentes subsidios. Las ventajas de nuestro sistema hacen que de
lugares tan disímiles como Vietnam, México, Finlandia, Sudáfrica,
Chile, Perú, Centro América, EU e Indonesia nos estén visitando. En
Ciudad León, en México, y en Yakarta, la capital de Indonesia, casi
lo han copiado. En Santiago de Chile, Sao Paulo en Brasil, Ciudad de
México y Quito, en Ecuador, se han hecho ajustes a los sistemas de
transportes siguiendo parcialmente la experiencia colombiana.
También están en proceso de ajuste proyectos similares en varias
ciudades de China.
El objetivo de los gobernantes para las grandes ciudades en este
siglo, es un transporte público masivo, eficiente y ambientalmente
sano; esta es una necesidad global y una condición irreversible para
la coexistencia urbana. Las ciudades y sus soluciones viales, ya no
son pensadas para el transporte individual y privado. El único
trasporte individual que puede crecer en el tiempo es la bicicleta,
pues es ambientalmente sana y ocupa muy poco espacio por solución
individual. El auto privado tendremos que aprender a dejarlo en casa
y usarlo sólo para asuntos cruciales, pagando importantes sumas de
dinero si queremos adquirir el permiso de usar la malla vial y
circular con él a diario.
Los colombianos estamos en la delantera con el Transmilenio. De
hecho, se construirán alternativas similares en otras siete ciudades
de Colombia, pero nuestras clases media y alta están muy atrasadas
en apreciar y usar el transporte público como medio cotidiano de
desplazamiento. En Nueva York, a nadie se le ocurre ir a cenar a un
restaurante y llevar su auto particular: el costo del parqueadero
supera los 5 dólares por hora y los parqueaderos suelen quedar muy
distantes, entonces es más agradable y razonable tomar el transporte
público. Acá, un síntoma más de un pensamiento clasista y
reaccionario, es que si no vamos en auto particular, nos sentimos
pobres.
Hacer eficiente el transporte publico mediante el desarrollo masivo
del Transmilenio, disminuirá el numero de conductores de buses y
busetas en la ciudad. Sacrificar esos empleos es necesario por el
enorme beneficio social que significa para el ciudadano desplazarse
mas rápido y tener una atmósfera menos contaminada. Simultáneamente
hay que mejorar la calidad de los combustibles que estamos usando.
Los taxistas, que tienen el más desarrollado sistema de
comunicaciones y bloqueo de la ciudad, deberían protestar por la
mala calidad de los combustibles y el serio efecto negativo que esto
genera en su salud. Para el taxista, el lugar de trabajo está a la
altura del exosto de los vehículos. Ellos más que nadie sufren los
efectos negativos por la alta contaminación atmosférica en nuestras
ciudades.
Respecto al transporte publico, aún queda mucho por hacer y algunas
soluciones las tenemos a mano. En un país con diesel de muy mala
calidad y con abundantes reservas de gas, éste debería ser el
combustible masivamente utilizado para el transporte urbano público
y privado. En el corto plazo, deberíamos importar diesel de mejor
calidad para los transmilenios, así tuviésemos que pagar $100 más
por evitar la contaminación ambiental. El ahorro por enfermedades
respiratorias sería mucho mayor que el incremento en el gasto al
pagar un mejor combustible. La relación entre salud y medio ambiente
requiere un profundo esfuerzo de gestión gubernamental, acompañada
de efectiva presión ciudadana.
*El autor es especialista en manejo de recursos naturales en el
Banco Mundial. Los puntos de vista aquí expresados son del autor, no
representan ni pueden atribuirse a la entidad para la cual trabaja. |
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El ejemplo de Lance
Armstrong
Thomas L. Friedman*

No hay duda en cuanto a que la séptima victoria consecutiva del
ciclista Lance Armstrong en el Tour de Francia, lo cual ha impulsado
a columnistas de deportes a rebautizar la carrera con el nombre de
el Tour de Lance, lo convierte en uno de los más grandes atletas de
Estados Unidos de todos los tiempos. Lo que considero más
impresionante con respecto a Armstrong, aparte de su sola fuerza de
voluntad para triunfar sobre el cáncer, es el estratégico enfoque
que le pone sobre su trabajo, desde su régimen de entrenamiento
previo a la carrera hasta la meticulosidad con que él y su equipo
planean cada tramo de la carrera. Es una imagen digna de grabarse.
He estado pensando en ellos en fechas recientes debido a que sus
facultades para fusionar la fuerza con la estrategia –su planeación
cuidadosamente anticipada y el sacrificio hoy en aras de un gran
logro– al parecer son virtudes que están desapareciendo de la vida
estadounidense.
Tristemente, esas son las virtudes que actualmente se asocian con
China, atletas chinos y dirigentes chinos. Si se conversa con
ejecutivos de negocios, ellos a menudo comentan con respecto a cómo
muchos de los líderes de China son ingenieros, personas que pueden
hablarte de números, resolución de problemas en el largo plazo y el
interés nacional –no una bola de abogados que busca una declaración
para lograr aparecer en el noticiario nocturno. El déficit más serio
de Estados Unidos hoy día es un déficit de ese tipo de líderes en la
política y los negocios.
John Mack, el nuevo director ejecutivo de Morgan Stanley, exigió
inicialmente en el contrato que firmó, el 30 de junio, que su sueldo
total para los dos años siguientes no fuera menor al paquete de
pagos promedio que habían recibido los directores ejecutivos de
Goldman Sachs, Merrill Lynch, Lehman Brothers y Bear Stearns. Si ese
promedio resultaba mayor a los 25 millones de dólares, Mack iba a
recibir un pago de cuando menos esa suma. Con el tiempo, él dio
marcha atrás con respecto a esa exigencia tras una oleada de
protestas, pero eso llamó considerablemente mi atención en cuanto a
lo que es el epítome de lo que está mal en Estados Unidos hoy día.
Actualmente estamos jugando a la defensiva. Uno de los principales
directores ejecutivos desea un sueldo que no se fundamente en su
desempeño, sino en el promedio de sus cuatro rivales principales.
Eso es como si Lance Armstrong dijera que competirá sólo si le
garantizan que llegará en primero o segundo lugar, sin consideración
a cuáles sean sus tiempos en cada etapa de la carrera.
En fecha reciente pasé un tiempo en Irlanda, que discretamente se ha
convertido en el segundo país más rico de la Unión Europea, primero
pasando por un severo ajuste del cinturón, en el cual todos tuvieron
que sacrificarse, después con un seguimiento con un plan para
mejorar el nivel de toda su fuerza laboral, aunado a una estrategia
enfocada a reclutar e inducir a tantas empresas e investigadores
como fuera posible, que estuvieran especializados en alta tecnología
en escala mundial, para que se ubicaran en Irlanda. Los irlandeses
tienen un plan. Están enfocados. Han movilizado el comercio, el
trabajo y el gobierno en torno a una agenda en común. Ellos están
jugando a la ofensiva.
Acaso no pensaría que si usted fuera el presidente, después de haber
leído el enésimo artículo acerca de las principales empresas de
Estados Unidos, como Intel y Apple, que construyen sus fábricas más
recientes, e incluso instalaciones dedicadas a la investigación, en
China, la India o Irlanda, convocaría a los principales líderes
empresariales del país en Washington para formularles una sola
pregunta: (¿Qué tenemos que hacer para que ustedes conserven sus
mejores empleos aquí? Háganme una lista y yo no descansaré hasta que
logre que sea puesto en marcha".
Y si usted fuera el presidente de Estados Unidos y acabara de ver
más ataques suicidas en Londres (acaso no les diría a sus
subalternos: “¿Tenemos que reducir nuestra dependencia del petróleo
de Oriente Medio; tenemos que hacerlo por nuestra seguridad
nacional; tenemos que hacerlo porque solamente si nosotros logramos
el descenso del precio del crudo, estos países serán obligados a una
reforma? Y deberíamos querer tal cosa, porque es claro que las
soluciones de energía verde son la ola del futuro, y mientras más
rápidamente nos impongamos una firme agenda ambientalista, más de
nuestras empresas estarán a la cabeza de la innovación en estas
tecnologías".
En su lugar, estamos por aprobar una iniciativa de ley del sector de
energía que, si bien efectivamente contiene algunas buenas
cláusulas, no hará ninguna mella real sobre nuestro consumo de
gasolina, en buena medida debido a que nadie quiere exigirle a
Detroit que fabrique automóviles que tengan un rendimiento mucho
mejor del combustible. Estamos meramente pasándole a Detroit la soga
para que se cuelgue. Es un suicidio asistido. Yo pensaba que la
gente iba a la cárcel por eso.
Y si usted fuera el presidente de Estados Unidos, (realmente le
diría a la nación, en vista del caos en Iraq, “si nuestros
comandantes en el terreno dicen que necesitamos más tropas, yo las
enviaré”, pero ellos no lo han solicitado. No es lo que los
generales le están pidiendo, Sr. Presidente; es lo que usted les
está pidiendo, que es: “(¿Qué necesitan para ganar?”. Porque es
claro que no estamos ganando, y no estamos ganando porque nunca
hemos hecho de Iraq un lugar seguro donde pudiera surgir la política
normal.
Ah, bien, quizás tengamos los dirigentes que merecemos. Tal vez
nosotros sólo deseamos admirar a Lance Armstrong, pero no ser Lance
Armstrong. Eso es demasiado trabajo. Quizás esa es la pulsera que
nosotros deberíamos usar: Vive mal. Ve de fiesta. Paga después.
*Ganador del premio Pulitzer en 2002 por sus columnas en “The New
York Times”. |
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Que sí, pero no
Daniel García-Peña Jaramillo

No podía creerlo: Luis Carlos Restrepo, en el Palacio de Nariño,
anunciando que el Presidente le había dado instrucciones de reunirse
con las Farc de forma inmediata “en el sitio que ellos definan” y
con “condiciones de seguridad que les den confianza”. ¡Ya, por fin,
el Gobierno iba a darse la pela por el acuerdo humanitario! Me
alegré profundamente por doña Yolanda Pulecio, la madre de Íngrid
Betancourt, parada a su lado, que con los otros familiares, hoy
encarnan la lucha por la dignidad humana en medio de la barbarie de
la guerra.
Lamentablemente, la dicha fue flor de un día. Al “aclarar”, menos de
24 horas después, que el asunto era sin despejes, en la práctica se
estaba echando para atrás: nadie más que el Alto Comisionado conoce
que para las Farc lo único que les daría “seguridad” y “confianza”
sería la desmilitarización de Pradera y Florida en el Valle del
Cauca, como lo han pedido. Tampoco entiendo cómo puede decir que es
imposible desmilitarizar territorios cuando se la pasa buena parte
de su tiempo en la zona desmilitarizada de Santa Fe de Ralito.
Lo cierto es que nos quedamos sin saber si se trató de uno de los
arranques del Presidente (como la propuesta de comprar coca, que
alcanzó a durar dos días) u otra de las chiripiorcas cíclicas del
Comisionado; si fue una patraña reelectoral como señaló el ex
presidente López o una jugada para salirle al paso al Procurador o
un intento por calmar a los franceses o simples ganas de quitarse de
encima a los familiares.
Los primeros responsables por la tragedia de los secuestrados son
las Farc, que los tienen privados de su libertad en clara violación
al Derecho Internacional Humanitario, que explícitamente prohíbe la
toma de rehenes. Por ende, lo que corresponde es que los liberen a
todos sin contraprestaciones, como lo hicieron hace unos días con el
soldado Duverney Orozco. Sin embargo, la conducta ilegal de las Farc
no exime al Estado de su deber de hacer lo que esté a su alcance
para obtener la liberación de los secuestrados. Es el colmo que se
juegue con los sentimientos de las víctimas y del país que las
acompaña.
El otro golpe que recibieron las esperanzas de la paz la semana
pasada, provino del Comando Central del Eln. Aunque en sentido
estricto no cierran del todo la posibilidad del diálogo, sí es
evidente que desatendieron la más reciente oferta del Gobierno de
instalar una mesa de acercamiento en el exterior, por un tiempo
breve y definido, con el acompañamiento de un garante internacional
y con el compromiso de suspender acciones contra el Eln una vez éste
haya decretado un cese al fuego, lo que constituye un avance
significativo frente a exigencias anteriores. Los elenos justifican
su rechazo porque Uribe no reconoce la existencia de un conflicto
interno, así como por la política frente a los paramilitares. Es
probable que el Eln tenga el temor de ser utilizado para ayudar a
reelegir a Uribe o legitimar el proceso con las Auc y la Ley de
Justicia y Paz .
Pero las guerrillas colombianas están levantadas contra el Estado,
no contra el presidente de turno. La posibilidad de ponerle fin a
esta guerra absurda por la vía negociada, no puede depender de que a
los insurgentes les caiga bien quién esté en el poder o que les
guste lo que dicen. Como lo sentenció Simón Peres: la paz se hace
con los enemigos, no con los amigos.
Esperar que el tema de la paz no se politice en etapa electoral, es
como pedirle a un niño que no se antoje de un confite en una
dulcería. Ni es tan claro que metiéndose en la paz le ayude a un
Uribe que fue elegido y sigue gustando por su mano dura. Pero aun si
el Presidente llegara a sacar provecho electoral, el valor superior
de lograr la paz tendría clara prevalencia sobre el disgusto que
sentiríamos quienes votaremos en su contra.
El Eln debe reconsiderar su determinación y aceptarle la oferta al
Gobierno, corriendo los riesgos que todo proceso conlleva. Las Farc,
a pesar de los bandazos, deberían retar al Gobierno a demostrar que
no estaba cañando, fijando sitio y hora. El Presidente debe
aprovechar el traslado del alto gobierno a Mocoa para abrir los ojos
y darse cuenta de que sí hay un conflicto armado, al menos en el
Putumayo.
Y el resto de colombianos y colombianas no deberíamos dejar que el
futuro de nuestro país siga dependiendo de los estados anímicos de
tantos locos.
danielgarciapena@hotmail.com |
No nos consta
Tola y
Maruja

—Oites Tola, ¿me podés acompañar a liquidar el
realizo del chance donde doña Gata?
—¿Estás vendiendo chance?
—¡Cuánto hará! Mi hijo Elmer Cenario me
consiguió la coloca con sus patrones los paras.
—Oites Maruja, perdoname lo metiche… pero es
que yo siempre he estado por preguntate ¿de dónde sacates ese segundo
nombre de tu hijo Elmer?
—De San Cenario, el santo patrono de los
terratenientes.
~~~
—¿Y te va bien en la venta de chance?
—¡Súper!… Al que no me compra lo ficho y le
paso la lista a Elmer.
—Vea pues, yo no sabía que los paracos están en
el negocio del chance.
—Y son muy organizados: al que les coge un
chance le pagan el premio y por ahí derecho lo vacunan. Y les ha ido tan
bien que le van a poner competencia al Baloto: el Maloto.
—¿Y por qué vos nunca me has ofrecido chance?
—Porque te conozco mosco y sé que sos más
amarrada que brasier de monja.
~~~
—Es que yo no me gusta comprar lotería porque
es el impuesto de los bobos. Además, una vez me gané un seco y cuando lo
fui a reclamar me salieron con sopa.
—Esto es distinto Tola, los paras dan todas las
garantías. Por ejemplo: si un número no quiere caer, ellos lo mandan
tumbar.
—Eh, qué peligro que uno les coja el gordo y le
salgan con Gordo Lindo. O que le paguen a uno en metálico y sea plomo.
—Dejá de ser prevenida, Tola… Los paras tienen
mucha experiencia en asuntos de suerte, acordate que eliminaban gente al
azar. Y a Piedá Córdoba le dieron otro chance.
~~~
—En fin, hasta bueno que los paras se dediquen
a negocios legales, ya que la compra de coca se las quitó Uribe.
—El que está muy preocupado con la compra de
coca de Uribe es el Ministro de Hacienda… Que si lo coge de vicio, nos
quebramos.
—¡Qué va!… Los preocupados son los campesinos:
tener que negociar con un paisa como Uribe que les va a pedir rebaja, fiao
y la ñapa. Y que encima les pague con las manillas de Jerónimo.
—Lina también está preocupada con Álvaro
comprando coca y ya escondió la acetona.
~~~
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