ARTÍCULOS DE OPINIÓN :

EL ESPECTADOR

Julio 31/05

La persistencia por un acuerdo

Editorial

Un acuerdo que libere a los secuestrados políticos de las Farc es importante. Ya es tiempo de que regresen a sus hogares los militares y civiles que fueron plagiados para forzar un intercambio de prisioneros. El Gobierno aceptó que está dispuesto a promoverlo, el interrogante ahora es cómo romper el círculo vicioso de condiciones imposibles que surgen cada vez que vuelve a hablarse de este tema. El sentido común enseña que lo primero es conversar. En cualquier parte, pero entablar un diálogo largo y sostenido que concrete una salida justa para las partes enfrentadas. Con condiciones que ratifiquen que se trata de un asunto humanitario.

Este es un primer paso que hoy parece remoto por las urgencias de la guerra. El orden público alterado en el Putumayo lo testifica. El Plan Patriota que arremete contra las Farc lo evidencia. No ha habido reposo en los últimos tres años. Pero en medio de esta necesaria acción de la fuerza pública hay un grupo de inermes colombianos que no tiene salida distinta a esperar a que sus captores truequen su libertad. El país entero sabe que eso es un exabrupto. Pero el Estado y la sociedad tienen el deber de proteger a los más indefensos, precisamente a los secuestrados que dependen de un momento de tregua.

No se claudica, no se pierde la guerra, no se sacrifica la seguridad, no se lesiona la moral de la tropa cuando con bases sólidas y argumentos serios se busca la libertad de los cautivos de la violencia. No se trata de invocar leyes infranqueables o doctrinas absolutas, es una decisión que exige pragmatismo político. La prioridad son los cautivos. ¿Si pueden ser liberados a un precio que no signifique impunidad, por qué no hacerlo? No es débil quien se arriesga a auxiliar a sus compatriotas en desgracia.

En tres años no ha habido un solo diálogo directo entre Gobierno y Farc y el conflicto armado está más vigente que nunca. No estamos ante el final de la lucha armada entre el Estado y las Farc, pero sí es este un momento para advertir qué pueden esperar los colombianos en materia de paz. El reto es demostrar qué capacidad existe para humanizar una guerra que muchos no quieren ver, pero que golpea a demasiadas familias colombianas, entre ellas las de los militares y políticos cautivos. Los dolientes de la lucha armada que ahora demandan de la Procuraduría un amparo legal que habilite alguna fórmula de acuerdo.

O al menos que propicie un concepto autorizado que obligue al país a reflexionar sobre los deberes del Estado y la insurgencia respecto a los cautivos. Un debate nacional que no puede eludirse, que no puede convertirse en un tema tabú que estigmatice a quienes lo invocan. Como lo enuncia la Constitución, la paz es un deber de obligatorio cumplimiento. Por eso el primer desafío de un eventual acuerdo humanitario entre el Gobierno y las Farc, es aceptar que se trata de fortalecer los argumentos y de llenarse de razones hasta alcanzar la libertad de quienes sufren los horrores del secuestro.

Moreno en el BID

Armando Montenegro

Muy buena noticia la elección de Luis Alberto Moreno como presidente del BID. Es un reconocimiento a una trayectoria especialmente brillante, en el sector privado, en el gobierno de Colombia y, sobre todo, al frente de nuestra embajada en Washington. El desempeño de Moreno en este cargo, sin duda, marca un hito en la historia de la diplomacia del país.

Los desafíos de Moreno son enormes. El BID es una entidad paquidérmica, con grandes dificultades para colocarse a la vanguardia de los cambios en América Latina. Si bien el Banco cuenta con algunos grupos de profesionales muy calificados, entre quienes se hallan varios colombianos, adolece también de una severa y persistente burocratización (hace poco le preguntaron a un alto funcionario de la entidad: “¿Cuántas personas trabajan en el Banco?”; su respuesta fue: “Cerca de la mitad”).

Otro problema es su complicada dinámica interna. El BID, como todos los bancos regionales, es, por definición, una entidad para realizar autopréstamos: se especializa en darles créditos a sus propios dueños, quienes los aprueban en su Junta Directiva. Como es natural, este hecho crea entre los miembros cierta complicidad. Ningún país tiene incentivos para oponerse o para pedir que se examinen las operaciones que favorecen a los demás. Se apoyan los créditos de los otros, a la espera de que, más adelante, éstos tengan reciprocidad (“ayúdame que yo te ayudaré”). En este ambiente precario, buena parte de la sensatez financiera está en manos del personal técnico de la entidad (con los altibajos y los problemas que ya se mencionaron) y de los países desarrollados, que no reciben préstamos pero que hacen parte del gobierno del Banco.

Muchas veces, sin embargo, los aspectos políticos son determinantes. Es interesante recordar, por ejemplo, que en la segunda mitad de los años noventa, los buenos economistas del BID advirtieron en un célebre documento que en Colombia se estaba activando una enorme bomba fiscal; recomendaron que el Banco tomara cartas en el asunto y que se enfrentara el problema. Por el lío político que se armó, por la protesta del gobierno afectado, se desconoció el informe técnico y se terminó declarando a los cuatro vientos que no había problema alguno. Más aún, en los años siguientes se otorgaron grandes créditos que facilitaron el aumento del déficit de Colombia.

En el funcionamiento del BID es preponderante el papel de Estados Unidos, su mayor accionista, un país que utiliza la entidad como uno de los instrumentos de su política regional. Por este motivo, en buena medida, dentro del banco, sobre todo en su directorio, se da un diálogo permanente entre los países latinoamericanos y Estados Unidos, un diálogo en el cual el presidente de la entidad tiene un gran papel de canalización, moderación y dirección. Sin duda, el embajador Moreno, conocedor como pocos de estos temas, va a ser un vocero permanente de los países latinoamericanos y un catalizador de las grandes discusiones económicas interamericanas.

Con la llegada de Moreno se da, por fin, la necesaria renovación generacional en el BID. Enrique Iglesias, uno de los más destacados ministros y funcionarios de la región en los años sesenta y setenta, formado en las ideas cepalinas de antaño, le da paso a un brillante ministro de los años noventa, un diplomático moderno y sofisticado, que tiene en su cabeza las ideas de la globalización y de la apertura, un promotor y defensor de los acuerdos de libre comercio. Con su bagaje intelectual y con su variada experiencia, desde el BID Moreno puede ayudar a poner a América Latina a tono con las prioridades del momento, al tiempo que puede mejorar la eficacia y la pertinencia de los programas del Banco a favor de los millones de pobres del continente.

Comprar coca, sembrar cizaña

Alfredo Molano Bravo

En principio no tiene pies ni cabeza el programa del presidente Uribe lanzado en uno de los tales consejos comunitarios, de cambiar coca por plata. Digo programa, porque aunque sacado del cubilete, el Ministro de Agricultura declaró que la iniciativa “no tenía reversa”. La polémica se desató: el escudero parlamentario del régimen, Armando Benedetti, dijo que se trataba de una “propuesta audaz”; el gobernador del Meta opinó que es una estrategia destinada a derrotar “el flagelo de la droga”. De otro lado, el senador Rafael Pardo —que sabe de lo que habla— piensa que es una medida “improvisada”. El Tiempo —que suele resbalar editoriales en las notas informativas— pregunta de dónde saldrá el dinero para pagar los 2 billones de pesos que cuesta comprar la marranita de coca en la feria. Creo que el cálculo está equivocado. En el país, según cifras oficiales, hay todavía 80.000 hectáreas, que producen al año 480.000 kilos de coca, por los que los traquetos pagan unos 9,6 billones de pesos. Si el programa está adscrito al Ministerio de Defensa, ello significa que se dejarán de comprar aviones, tanques, cañones, bombas, para comprar coca. ¿Qué otra sorpresa nos deparará la demagogia oficial? ¿Quién hubiera imaginado ver al Presidente y a sus ministros comprando merca en la feria de, digamos, Vistahermosa en la inauguración del programa? Uno lo ha visto montando a caballo dándole vuelta al ganado, pero lo otro ni el más irrespetuoso de los caricaturistas.

Pardo no entiende por qué razón en lugar de comprar la coca, no invierte esa platica en programas sociales de sustitución de cultivos. Respuesta: porque no se trata de resolver el problema, sino de agravarlo. Si se acabara la coca, se caería el Plan Patriota y con él la Seguridad Democrática. Uribe quedaría sin bandera.

Las preguntas saltan por todas partes: ¿Qué se haría con la marranita? ¿Hacen chicharrón y jamón con ella? ¿Quién le dará materile al animalito? ¿Será alguien capaz? ¿O más bien la dejan suelta para que engorde más?

Sospecho que la cosa va para otro lado. La constante referencia al programa de Familias Guardabosques hace pensar que uno de los objetivos es amamantar la clientela reeleccionista. Si a cada colono le compran en este año preelectoral la cosechita de una sola hectárea, le darían unos 12 millones de pesos. Si así fuera, el programa debería llamarse Coca por voto. Cabe otra posibilidad, en mi opinión el verdadero objetivo del proyecto: sembrar la cizaña entre los campesinos. Porque se trata, según miembros del Gobierno, no de comprar la hoja de coca o el látex de la amapola, sino de pagar recompensas por delación de cultivos. Es decir, la idea —si así puede llamarse— es convertir a unos campesinos en sapos de otros. Podría llegar inclusive a echar a unas regiones contra otras. No creo que este método, tan norteamericano por lo demás, contribuya a la paz y la seguridad. Por el contrario, equivale a echarle leña a la hoguera.

Quizás el secreto de todo está en comprarles la coca no a los campesinos sino a los paramilitares, porque nadie podría creer que el Gobierno les haría ese favor a las guerrillas.

Niño terrible

Ramiro Bejarano Guzmán

Confieso que registré con simpatía la designación de ANDRÉS FELIPE ARIAS, como ministro de Agricultura, por su juventud, arrojo y preparación. Nombrar a un político imberbe para reemplazar a Carlos Gustavo Cano –un excelente funcionario–, significaba un reto, comparable sólo con las audacias de López Pumarejo, quien sorprendió al país pastoral de los años 30, cuando elevó a las más altas dignidades a unos mozuelos como Lleras Camargo, Echandía y otros desconocidos, que se ganaron el respeto de sus conciudadanos y un lugar en la galería de hombres ilustres.

Los medios se estremecieron con la llegada al poder de Arias, ese muchacho de quien nos vendieron una imagen de bacán, porque además de ser un economista uniandino pilo, especializado en Estados Unidos, profesor, investigador y escritor, demostró ser tan incansable trabajador como su jefe, para no ahondar en la frivolidad de otros comunicadores que prefirieron ocuparse de su faceta de novio de una modelo o reina.

Todo indicaba que el joven burócrata tendría asegurado un periplo maravilloso en el cargo y un futuro exitoso en la vida pública. Pero andando los días y viéndolo actuar, también tengo que admitir que estoy sufriendo una desilusión, porque fue efímero el hallazgo de esa figura promisoria. Y no lo digo por el justificado regaño que en un consejo comunal le soltó en vivo y en directo el presidente Uribe, por inmaduro.

No es que no me guste nadie en el Gobierno, como reclaman muchos de mis lectores, pues, para sólo mencionar algunos alfiles, respeto a Jorge Pinzón, superintendente Bancario; a La Paca Zuleta, la Zarina Anticorrupción; a Sandra Suárez, la ministra del Medio Ambiente; inclusive al mismo Sabitas, quien con su nadadito de perro y sin las pesadas citas de Ortega y Gasset de su repelente e indelicado antecesor, logró muchos milagros, como el de que por primera vez a un empresario no le resulten tan mal las cosas en el sector público. Pero los pasos del ministro Arias son tan confusos, como los de una señora absolutamente anodina, Martha de Hart, quien para información de todos, hace tres años es ministra de Comunicaciones.

En efecto, mi pasajero ídolo del Gabinete resultó un prepotente servidor público, al que ni siquiera los muy encumbrados dirigentes gremiales pueden aproximársele, entre otros el presidente de Asocolflores, Augusto Solano –a quien no conozco– y varios directivos de esa entidad, quienes soportaron un incómodo episodio, por cuenta del fogoso ministro, que no sólo se negó a recibirlos no obstante haberles concedido cita previa, sino que los trató con grosería. Esa altanería pasaría inadvertida, si no fuera porque los visitantes no son unos lagartos, sino voceros de uno de los sectores más productivos del agro.

A lo anterior se agregan unas lánguidas declaraciones, todavía más desilusionantes. Dijo nuestro fugaz héroe, a propósito de la insólita y contradictoria propuesta presidencial de “comprar” coca a los campesinos, que después camuflaron en el Plan Colombia, que a eso no había que meterle ideología de ninguna clase. ¿Entonces qué, sólo plata?

En otra ocasión, este chico superdotado fue más allá al admitir su total desprecio por cualquier opinión política –lo que prácticamente le parece pura “carreta”– y su obsecuente apego al pragmatismo, único credo al que le rinde culto enceguecido.

O el arrogante ministro tiene problemas con la ideología o no tiene ninguna. ¡Qué pesar! Y eso que apenas se está asomando a los románticos y soñadores 30 años.

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Addenda.- Qué raro que sólo con posterioridad a la Ley de Justicia y Paz, el Gobierno sí se haya preocupado por endurecer las penas contra el terrorismo, propiciando ahora una nueva ley que considere también terroristas a quienes financien esas actividades criminales.

notasdebuhardilla@hotmail.com

Los pobres conformes

Alejandro Gaviria

En un país donde la confusión mental y la estridencia ideológica son consuetudinarias, la claridad de pensamiento y la relevancia práctica no deberían pasar desapercibidas. Por ello, quiero traer a colación las palabras de Juan Correa, secretario de Planeación de Cartagena, reproducidas esta semana por el diario El Tiempo en su versión de internet. “Los ‘sisbenizados’ gozan de atención gratis en salud, no pagan colegio, reciben alimentación y muy pocos están al día con los servicios públicos. Cuando la gente se entera de que puede pertenecer a este régimen, se enfrasca en demostrar su pobreza”. Según el funcionario (a quien deberían prestar atención todos los candidatos presidenciales), “si esta tendencia no se contrarresta, la cifra de ‘pobres conformes’ podría triplicarse dentro de cinco años”.

Por lo pronto, las palabras de Correa ponen de presente que la política de sumar sisbenizados puede tener efectos adversos sobre la participación laboral. Simplemente cuando los beneficios se generalizan, como ha venido ocurriendo con el régimen subsidiado en salud, por ejemplo, muchos receptores se convierten en pobres conformes. Por desgracia la preocupación de Correa (los incentivos perversos del asistencialismo permanente) ha sido dejada de lado en las discusiones sobre política social. Según la filosofía actual, el éxito se cuenta en el número de beneficiarios. Pero este fetichismo contable, como bien lo advierte Correa, puede terminar siendo contraproducente.

Por lo demás, el asistencialismo generalizado no sólo es contraproducente a nivel micro; es también insostenible a nivel macro. Si los pobres conformes se triplican en cinco años, como lo predice Correa, la demanda por recursos excederá con creces las posibilidades fiscales. Aun si los beneficiarios crecen según las tendencias demográficas, la sostenibilidad no está asegurada. No obstante, la política actual consiste en afiliar, afiliar y afiliar: al régimen subsidiado, a los desayunos escolares, a los subsidios rurales, a los suplementos alimenticios, etc. Raramente se definen reglas claras de salida y paulatinamente se van creando compromisos permanentes que, tarde o temprano, se harán insostenibles. Sobra decirlo, una nación de pobres conformes es una imposibilidad fiscal.

Pero el secretario Correa no se queda en simplificaciones. Si el problema consistiera simplemente en la apatía laboral de los sisbenizados, la solución sería tan sencilla como eliminar los programas asistenciales. El problema tiene, sin embargo, una complicación adicional: la falta de oportunidades de trabajo. O, como dice el secretario, “la caída en el número de plazas laborales”. Por supuesto, ambos asuntos están relacionados: la falta de empleo impulsa el gasto asistencial, y el crecimiento del mismo propicia la dependencia y “la falta de voluntad colectiva”.

Sin quererlo, supongo yo, Correa ha puesto de presente la diferencia entre dos modelos opuestos de intervención estatal. En el primero, una porción importante del gasto social se orienta a reparar las consecuencias de una exigua dinámica laboral (o simplemente se dilapida en subsidios regresivos). En el segundo, el gasto se dirige hacia proyectos que estimulan la creación de empleo y aumentan la productividad laboral (infraestructura productiva, capacitación laboral y ciencia y tecnología). En Colombia, al menos, el primer modelo no ha funcionado. Paradójicamente, el crecimiento del gasto social ha coincidido con un deterioro significativo de las condiciones sociales.

En su pronunciamiento con motivo de la elección del embajador Moreno como presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, el presidente Uribe mencionó que la erradicación de la pobreza debería convertirse en el eje de la unidad continental. En el tránsito de la retórica a la práctica, bien valdría la pena que se estudiaran con seriedad las advertencias de Juan Correa.

agaviria@uniandes.edu.co

Si no es Carolina, ¿quién?

Humberto de la Calle

El celular y el fax acabaron con ladiplomacia. En efecto, hace 5 ó 10 siglos, eso de ser embajador era cosa importante. Como las comunicaciones eran precarias, la palabra “plenipotenciario” tenía todo su valor. El rey que nombraba, además de escoger a alguien de su confianza, lo cual no es mucho, tenía que buscar además un personaje dotado de su misma sensibilidad política y personal, los mismos reflejos mentales, idéntico perfil ideológico y hasta las mismas dotes sibilinas y pérfidas, cuando llegara el caso de usarlas. Hoy se diría que había que seleccionar un clon. A su vez, el gobierno que recibía a un embajador de esta catadura, le daba todo realce, porque lo amaba, le temía o lo odiaba tanto como a su patrón. Así, el relieve político se multiplicaba geométricamente.

Pero hoy los jefes de Estado hablan por teléfono, ponen faxes y asisten casi semanalmente a todo tipo de condumios en los que toman whisky, se acarician la barriga, se tiran o arreglan sus países y se cuentan sus cuitas. Son las famosas reuniones en la cumbre.

Esto ha hecho que los embajadores corran el riesgo de ser calificados por una opinión implacable e injusta, como simples petimetres de coctel y alabarderos de pasaboca.

Luis Alberto Moreno no. Superó ese peligro porque en un sorprendente movimiento de jiujitsu volteó el asunto: la cercanía con sus presidentes –Pastrana y Uribe– en vez de haber sido un lastre para él, se convirtió en una ventaja, su herramienta privilegiada para tomar las relaciones con Estados Unidos, maltrechas al momento de su posesión, y llevarlas a la altísima cota en que se encuentran hoy. La otra ventaja de Moreno es que no sólo cumple una función representativa, sino que aconseja y construye estrategias, de modo que se convirtió en pieza maestra para el mejoramiento de las relaciones.

¿Qué sigue?

La candidata obvia es Carolina Barco. Estados Unidos no es un hábitat extraño para ella. Se ha crecido en la Cancillería. Sobre unas bases de prudencia fue construyendo un edificio de pericia.

También está, obviamente, Juan Manuel Santos, si no fuera porque tiene tareas pendientes aquí –las cuales aún no dan la esperada cosecha– y porque, además, en caso de que la reelección se caiga en la Corte, seguramente estará al acecho para ganarse el delfinazgo. En tales condiciones, no es recomendable desplazarse en dirección norte más allá de la calle 100.

Es también una tentación para Francisco Santos, su primo, seguramente fatigado a estas alturas en la Vicepresidencia, ese cargo indescifrable, esa llanta de repuesto a la vez inútil e indispensable. Pero, ¿cómo marcharse a Washington a punto de comenzar, se supone, una campaña en la que podría ser parte del tiquete uribista?

Peñalosa sería estupendo, pero ese sí que anda ocupado en tejemanejes electorales, que como la marea, a veces errática, siempre presente y no pocas veces huidiza, lo han alejado del gobierno. Aunque Uribe usa la sorpresa como Hércules Poirot o Tarantino. Nunca se sabe.

Pobre aquél que reemplace a Moreno. Le será difícil competir con su sombra, con el agravante de que esa sombra permanecerá por varios años en los salones de Capitol Hill y en los restaurantes de la calle Pennsylvania.

Columna escrita antes de conocerse el ofrecimiento al ex presidente Andrés Pastrana.

Lo que no sabe Bush

Bob Herbert*

Puedo recordar la arrogancia que acompañó la campaña de bombardeos “choque y temor reverencial” que inició la guerra en Irak hace más de dos años. Se suponía que la guerra iba a ser rápida y fácil, pan comido. El enemigo, se nos dijo, se doblaría como una servilleta de tela. Y entonces, en las fantasías neoconservadoras de algunos de los tipos más locos del grupo de Bush, el ejército se prepararía para la invasión de Irán.

En uno de los mayores engaños en la historia del gobierno estadounidense, el presidente Bush insistió, a un país traumatizado por los ataques del 11 de septiembre, que la invasión a Irak era crucial para el éxito de la así denominada guerra contra el terrorismo.

“Algunos han argumentado que confrontar la amenaza proveniente de Irak podría desviar la guerra contra el terrorismo”, dijo Bush en un discurso pronunciado en el otoño de 2002 que fue ideado para conseguir apoyo para la invasión. “Por el contrario, confrontar la amenaza que representa Irak es crucial para ganar la guerra contra el terrorismo”.

En el discurso, pronunciado en Cincinnati, Bush dijo sobre Irak: “Posee y produce armas químicas y biológicas. Está buscando armas nucleares”.

Siempre he exhortado a los políticos a ser cuidadosos con lo que desean. El Presidente obtuvo la guerra que tanto quería. Pero nunca entendió el hecho esencial que Georges Clemenceau aprendió hace casi un siglo: que “es más fácil hacer la guerra que la paz”.

Así es que, ¿dónde estamos ahora que ha intervenido el mundo real? El ejército está atascado en el cenagal trágico y costoso de Irak, y no se vislumbra el final del conflicto. Un artículo de primera plana en The New York Times del domingo dice que los insurgentes “simplemente se hacen cada vez más fuertes”.

En cuanto al combate contra el terrorismo, las noticias cubren toda la gama de lo malo a lo horripilante. El centro vacacional Sharm El-Sheik, en el mar Rojo, fue traumatizado por una serie de explosiones terroristas temprano en la mañana del sábado. Londres está temblando a causa de los ataques terroristas contra su sistema de transporte público, que han reclamado docenas de vidas.

En Nueva York, donde la policía ha iniciado registros al azar de mochilas y paquetes de los pasajeros del metro, hay una extraña sensación de resignación mezclada con rachas periódicas de terror, en tanto los usuarios del transporte batallan con la creencia de que alguna especie de ataque está destinada a suceder aquí.

Entrevistas realizadas en los últimos días han mostrado que los usuarios del metro de Nueva York entienden casi instintivamente lo que el Presidente no comprende: que la guerra en Irak no está haciendo que estemos más seguros en nuestro país.

“No, de hecho pienso que hace que estemos menos seguros aquí”, dijo Edmond Lee, un vendedor que vive en el noroeste de Manhattan. “Fuimos allá sin un verdadero plan. Sin pensar realmente en lo que podríamos hacer”.

Dijo que le preocupa que lo “que sucedió en el subterráneo de Londres pueda suceder aquí”.

Los recuerdos de la destrucción del World Trade Center todavía están grabados como con ácido en las mentes de los neoyorquinos. Muy pocas personas son pacifistas cuando se trata de la guerra contra el terrorismo. Sin embargo, la guerra de Bush en Irak es otro asunto.

“Que nuestros soldados estén allá, hace que las cosas sean peores aquí”, dijo Michael Springfield, un ingeniero de 32 años de Brooklyn.

Una de las personas a las que se encontró en el metro fue Andy Dommen, un músico alemán que empujaba un carrito de compras lleno de equipaje. Estableció la distinción fundamental entre Irak y Al-Qaeda, y dijo que la guerra en Irak es una distracción que “aleja la mirada del público” de otros problemas importantes, concretamente del combate contra el terrorismo.

“Arruinar otros países”, dijo Dommen, “no hace que el mundo o Estados Unidos sean más seguros”.

Todavía no hay indicios de que el gobierno de Bush reconozca la locura absoluta de su guerra en Irak, que ha sido como una rociada constante de gasolina al incendio del terrorismo mundial. Lo que se requería en los días siguientes al 11 de septiembre, era que Estados Unidos y sus aliados centraran la atención en forma intensa y tipo láser en el terrorismo al estilo Al-Qaeda.

En lugar de eso, el grupo de Bush vio su oportunidad largamente soñada de imponerle su voluntad a Irak, que no tenía nada que ver con la gran tragedia del 11 de septiembre. Muchos miles han pagado el precio terrible por esa locura ideológica.

*Columnista habitual de “The New York Times”, ganador del premio de escritura notable en periódicos de la American Society of Newspaper Editors

 

Dos cenotafios

Marianne Ponsford

El año pasado estuve de visita en Edimburgo y decidí visitar Fettes, el internado donde estudió mi abuelo. Fue a finales de abril, durante la Semana Santa, y el colegio estaba vacío y silencioso. Todavía hacía frío pero una luminosidad tranquila y uniforme daba una transparencia particular al aire. Me bajé del carro y rodeé caminando el imponente edificio principal, oyendo el sonido de mis propios pasos sobre la alfombra de piedras blancas que suelen tener casi todas las grandes mansiones escocesas.

Al lado de la casa había un monumento sobrio y melancólico, dedicado a los alumnos del colegio caídos en la Segunda Guerra Mundial. En cuanto lo vi apresuré el paso y me puse a leer ansiosa los nombres grabados en la piedra. Y ahí estaba, junto a otros, el nombre de mi abuelo: James Cecil Spencer Ponsford.

Mi abuelo había sido piloto voluntario de la RAF, y su B-52 fue abatido por la aviación japonesa en una misión secreta en el frente de Burma, hacia el final de la guerra. La misión consistía en llevar provisiones al batallón Chindweis, un grupo que peleaba infiltrado tras las líneas japonesas, por lo cual su único contacto con sus aliados era por vía aérea. Las expediciones aéreas habían logrado pasar las líneas enemigas antes, pero esa vez los japoneses los estaban esperando.

Mi abuelo no tiene tumba, y aquella luminosa mañana de primavera del año pasado era la primera vez que yo me encontraba frente a frente con un monumento de homenaje a su memoria.

En el centro de Hiroshima se alza, rodeado de un inmenso jardín, un cenotafio de hormigón. El monumento tiene la forma de una antigua casa japonesa de barro –según su escultor–, para proteger de las inclemencias del clima las almas de las víctimas de la bomba atómica. Bajo ese techo curvo y duro reposa un ataúd de granito que contiene un registro de los nombres de más de 100.000 víctimas de la bomba atómica. Una inscripción aparentemente sencilla se lee a un costado del bloque: “Descansen en paz. Porque el error no se repetirá”.

En Hiroshima, tras la caída de la bomba, la ciudad ardió sin cesar durante días. Nadie entendía qué había pasado. Muertos vivientes se arrastraban en harapos de piel, llenos de horripilantes quemaduras, y se desplomaban por las calles día tras día. Los supervivientes se arremolinaban a las orillas del río, esperando que llegara la oscuridad que apaciguaba el dantesco espectáculo, clamando porque alguien imposible les calmara la sed.

Durante la Segunda Guerra Mundial murieron 61 millones de personas. De ellas, 18 millones y medio eran combatientes, como mi abuelo, pero más de 40 millones de seres humanos asesinados eran civiles, como los cien mil muertos de Hiroshima y Nagasaki. En la guerra, un avión se va a pique y cambia la historia de una familia. Pero una bomba incinera casi la mitad de la población de una ciudad y no cambia radicalmente la conciencia de la humanidad. Prevalece la sensación de que lo que allí pasó no nos compete de manera íntima y personal.

No entiendo por qué.

 

¿Quiénes podrían ser?

Felipe Zuleta

Tras la noticia del nombramiento de Luis Alberto Moreno en el BID, el Gobierno tiene la no fácil tarea de encontrar a un funcionario que continúe con la brillante labor diplomática que durante siete años realizó Moreno en Washington.

La verdad, no hay mucho de dónde escoger, tanto así que se ha llegado a ventilar con insistencia el nombre de Juan Manuel Santos.

Creo que si Juan Manuel decidió aceptar el reto de trabajar con Uribe en su reelección, mal haría en dejarle tirado el puesto. Además, el país tampoco se ganaría un buen embajador, pues para eso se necesita tener un criterio político definido y Santos jamás lo ha tenido. Por eso ha saltado de un lado para otro, haciendo gala de su habilidad como prestidigitador político, por lo que algunos lo identificamos como el Wálter Mercado de la política colombiana.

En cambio, una excelente embajadora sería la actual canciller Carolina Barco. No sólo porque el tema de la diplomacia lo tiene claro, sino porque parte de su formación profesional la hizo al lado de su padre cuando éste se desempeño con lujo de detalles como embajador en Washington.

Carolina tiene además la particularidad de conocer a los americanos como a su propia gente, pues es hija de americana. Y no de cualquier americana: de Carolina Isackson Proctor, quien no fue reina porque no nació en Inglaterra.

La Canciller, además ,se ha ganado el respeto y el apoyo de sus conciudadanos, por lo que estoy seguro su nombramiento como embajadora ante la Casa Blanca no generaría resistencia alguna.

A renglón seguido quedaría por verse quién podría reemplazar a Barco en la Cancillería.

Me dicen mis fuentes que en la práctica quien está manejando desde Palacio la nómina diplomática es el consejero presidencial Juan Lozano. Pues ese sería el perfecto personaje para ser Ministro de Relaciones. Habla perfecto inglés y francés, es abogado, culto, de buenos modales, tiene clase, buen trato, tiene carácter y, lo más importante, jamás permitiría que maltrataran el nombre de Colombia. Para completar, sabe cómo vestirse con frac y, de contera, no es paisa. ¡Mejor candidato imposible!

Por supuesto que deben conseguirle un reemplazo en la consejería presidencial, lo que no debería ser muy complicado pues hay por ahí una gran cantidad de Popeyes, Chupetas y demás primos o amigos de Pablo Escobar que se complementarían divinamente en Palacio con José Obdulio, con quien trabajarían fluidamente.

Finalmente, vale la pena resaltar que la elección de Luis Alberto Moreno en el BID es de las pocas cosas por las cuales uno se siente realmente orgulloso de ser colombiano. Moreno es como se dice popularmente un berraco, pues de no ser por él, las relaciones con los gringos jamás hubieran llegado a estos niveles de amistad inusitados.

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Notícula: De manera que el fiscal Osorio se va con despedidas de vedette. Y eso que no se ha pronunciado sobre el caso de Náder. Sospechoso.

     

El rompecabezas y la memoria

Francisco Gutiérrez Sanín

A riesgo de volverme obsesivo, vuelvo a la llamada Ley de Justicia, Paz y Reparación. Hay tanto en juego que no se puede sino insistir.

En principio, frente a la negociación del Gobierno con los paramilitares hay dos posiciones posibles. Rechazarla o aceptarla. La primera opción conlleva al menos dos problemas fundamentales. Primero, implica renunciar a las conquistas –limitadas pero obvias– de dicha negociación, y segundo, cerrarle las puertas a la paz con cualquier otro actor armado. Puesto que, incluso si se genera un consenso acerca del hecho de que los paramilitares han sido los peores criminales de lesa humanidad en nuestra guerra –cosa que considero básicamente cierta–, todos los grupos están tan por encima del umbral de lo tolerable y han dejado un reguero tan nutrido de muertos y mutilados que no se podría establecer conversaciones con ninguno.

Por eso las diversas fuerzas políticas (desde Gina Parody y Rafael Pardo hasta el Polo Democrático) que han señalado que el problema no es la negociación sino la forma como se está adelantando, tienen la razón. ¿Qué se debería hacer? Comencemos por lo básico. Si se está hablando de negociación, hay que tener en cuenta lo que los economistas llaman el “precio de reserva” de los paramilitares –el mínimo de garantías que están dispuestos a recibir para mantener el proceso–. Creo que lo podemos resumir en dos palabras: penas judiciales reducidas y limitadas, y no extradición. Como en otras partes del mundo (El Salvador, por ejemplo) la sociedad y las víctimas podrían aceptar pagar ese costo, escandalosamente alto, para obtener la paz.

Hasta aquí, santo y bueno. Pero lo que sigue es un desastre –un desastre que le puede costar al país litros y litros de sangre y años de desarrollo–. Porque, junto con el “precio de reserva”, el Gobierno ha pasado en realidad un paquete de amnesia colectiva, un borrón y cuenta nueva. Eso significa que: a) los paramilitares no tienen ningún incentivo para decir la verdad sobre sus crímenes (en el proyecto de pardo sí lo tenían); b) de hecho, dada la magnitud de la reinserción y la falta de dichos incentivos, se está garantizando que será imposible saber qué pasó; c) no se prevé ninguna acción en gran escala para cortar los vínculos entre los paramilitares y las autoridades nacionales, departamentales y municipales, pese a que dichos vínculos han sido cuidadosa y profusamente documentados; d) tampoco se prevé acción alguna para acompañar y apoyar a las organizaciones de las víctimas y sus familiares; e) increíblemente, no se ha diseñado un solo mecanismo para impulsar la devolución de las propiedades mal habidas (por ejemplo, robadas a los campesinos), pese a las evidencias contundentes (ver el informe de la Contraloría) de que la cosa no está avanzando.

En su estado actual, el proyecto significa no sólo garantizar la impunidad en gran escala, sino perder la oportunidad de desvincular al estado de grupos criminales, y de transformar atrasadas estructuras agrarias. Si seguimos por ese camino, vamos al matrimonio entre tales estructuras y densas redes de extorsión, algo que ya sucedió hace décadas en una isla del Mediterráneo. A propósito de lo cual: uno de los aforismos predilectos de la mafia es que el asesinato perfecto es aquel en el que desaparecen el cuerpo y su recuerdo. Para que esta cosa nuestra deje de parecerse a un asesinato perfecto, hay que meterle memoria, más memoria. Ya que el Gobierno no se le apunta, ¿no habrá instituciones en la sociedad que –con apoyo internacional y con la intención de tener en cuenta también a las miles de víctimas de la guerrilla– estén pensando en formar una comisión de la verdad para recuperar los detalles de esta pesadilla?

 

Con amigos así…

Lisandro Duqufe Naranjo

Hasta la fecha, se han descrito con largueza varias facetas de la personalidad del Presidente de la República, a saber: su laboriosidad incansable, sus bandazos temperamentales, su adicción por los diminutivos (que no es estricta de él, sino muy paisa, sólo que por su investidura se convirtió en un estilo de gobierno que otros mandatarios antioqueños eludían para no ser tan “auténticos”), su tozudez en las iniciativas, su audacia para imponerles a sus funcionarios un léxico contra la corriente de las evidencias —lo de que aquí no hay conflicto armado por ejemplo— y, por supuesto, su parquedad casi monacal frente a algunos goces frívolos que depara el poder. Se le ha ignorado, sin embargo, un rasgo que a estas horas debe estar ejerciendo con exceso justificado de crispación: su malicia. La misma que, junto a una bronca íntima, le están inspirando en mayor medida sus aliados que sus contrincantes.

Y con razón, porque como está en suspenso el proyecto reeleccionista inmediato, a causa de la espera del fallo de la Corte Constitucional, es innegable que algunos de los incondicionales del primer mandatario están pelando el cobre según sean “las resultas” de la sentencia de la alta corporación. La están jugando de dos cabezas, mejor dicho: si la reelección inmediata sale inexequible, ya tienen una opción de relevo que consiste en el apoyo a otra candidatura en remojo, o incluso al lanzamiento de la propia. La doctora Sandra Ceballos, por ejemplo, se le apunta a la de Antanas Mockus, pero por si las moscas le prende velas a Uribe Vélez. El senador Pimiento, hace poco, dijo que habrá que ir pensando en una alternativa para el caso de que no haya reelección. Mientras tanto, se muestra uribista hasta las cachas. Peñalosa, en vísperas del congreso liberal, pidió aplazar la decisión sobre candidaturas hasta cuando se sepa si Uribe puede o no aspirar. Se supone que para escoger entonces si aplica a la Vicepresidencia con el repitente, o a la titularidad con la oposición. A Vargas Lleras, todo el mundo lo imagina haciendo fuerza para que el fallo de la Corte lo catapulte, así se la pase diciendo que lo deseable es una decisión ajustada a Derecho, frase críptica con la que disimula su ambición de reemplazar a Uribe cuanto antes. Todos ellos dan para evocar el verso de José Ángel Buesa: “Señora, según me dicen ya tiene usted otro amante. Lástima que la prisa nunca sea elegante”.

Muy solo debe sentirse el Presidente con esos aliados tan aviones. Recordará el tango Yira: “Cuando manyés que a tu lado se prueban las ropas que vas a dejar”. Hasta el frac de España se pondrían, de tantas ganas que tienen de que les desocupe el paisaje y no siga oscureciéndolos con su carisma y sus encuestas. Apuesto a que si al Presidente le sale favorable la decisión de la Corte, un día después de la misma habrá en Palacio una barrida absoluta de amistades. Y si adversa, éstas sólo tendrán que completar la desbandada ya emprendida.

Para no ir muy lejos, el 20 de julio pasado, el doctor Luis Humberto Gómez Gallo, hasta ese momento presidente del Senado, soltó durante su discurso ésta frase: “En mi condición de presidente de la República…”. Como alcanzó a caer en la cuenta tarde, y delante del propio presidente Uribe, el orador intentó echarle tierra al dislate con una frase que, aunque muy socorrida, fue sincera y digna de un diván: “Perdón, me traicionó el subconsciente”. No es muy cuidadoso el doctor Gómez Gallo en esos protocolos, pues dos días antes, durante la inauguración del canal televisivo del Congreso, le había cambiado al doctor Carlos Isaac Náder, presidente de la Corte Suprema Justicia, su cargo actual, confundiéndolo con su homólogo de la Corte Constitucional, quien no se encontraba entre los presentes. A cualquiera, sin ser sicoanalista —el presidente Uribe, verbigracia—, semejantes lapsus y equívocas asociaciones, tan seguidas, le darán qué pensar. Por si fuera poco, la nueva presidenta del Senado, Claudia Blum, reincidió, durante su discurso de posesión, en similar pifia, con la diferencia de que siguió de largo sin parar en mientes. El 20 de julio, pues, al menos en los respectivos subconscientes de los directivos saliente y entrante del Congreso, lo que hubo fue una transmisión de mando entre dos jefes de estado. O, para ser precisos, de aspirantes a conformar una nueva fila india de precandidatos a Presidencia y Vicepresidencia, que aunque no las obtengan nunca, por lo menos les quedan de adorno en la hoja de vida. Muy prematura la rebatiña de dignidades hipotéticas, si se tiene en cuenta que la Corte Constitucional no se ha pronunciado aún acerca de si habrá o no piñata.

No le debe resbalar al presidente Uribe el impudor con que los suyos se rifan, o le endosan a terceros, la silla que él quiere para sí durante otros cuatro años. Es tan deleznable el concepto de lealtad en el curubito uribista, que el mandatario hizo cuanto pudo, ganando el pulso, para que Gina Parody quedara de presidenta de la Comisión Primera de la Cámara, llevándoles la contraria a los que la llamaron traidora hace mes y medio. Una forma de decir que los traidores son otros.

lisandroduquenaranjo@yahoo.es

Segundo cargo más importante

Lorenzo Madrigal

Se oye muchas veces hablar del segundo cargo más importante del país. Apreciación que es variable. Hoy se dice que es la Fiscalía General de la Nación. Otras veces se ha dicho que es la Alcaldía Mayor de Bogotá y cuánto más lo fuera ahora con elección popular, convertida, como está, en baluarte político alternativo.

Cómo negar que, al menos por dignidad, el segundo hombre de la República es el Vicepresidente y hasta hace algunos años el Designado a la Presidencia. Si bien el Designado no ejercía funciones específicas, cuando hoy las tiene el Vicepresidente y se le habilita además una sede palaciega, viene a ser éste, sin duda, el segundo cargo más importante de la Nación.

Solía Alberto Lleras llamar a la Presidencia el primer empleo del país. Con aquella su orgullosa modestia republicana, el gran Lleras minimizaba su posición preeminente, que ocupó en dos ocasiones, habiendo sido el presidente más joven del siglo que pasó, de sólo 38 años, en la primera ocasión.

Pero si fuéramos a medir, no tan sólo por el número de empleos a disposición o por la capacidad de mando sobre subalternos o fuerza policial, para mí la Procuraduría General de la Nación competiría con ventaja con la Fiscalía, toda vez que el Procurador depende en menor medida del Poder Ejecutivo y es más su par y su vigilante.

¿Y dónde dejar en un país excesivamente político al ministro de la política, esto es, al del Interior, hoy también de Justicia? Nadie niega que Uribe y Pretelt tienen por estos días las riendas del país. En otros tiempos, dígase Ospina y Echandía, Laureano y Sarasty, Rojas y Pabón, Lleras Restrepo y el Tigrillo Noriega, Samper y su sufrido segundo, Horacio Serpa, para citar algunos ejemplos.

Pero en un país en guerra, cuando el Presidente mismo amaga quedarse cerca de los campos de batalla, no puede negarse la importancia principal del Comandante General de las Fuerzas, que en realidad es el segundo comandante, toda vez que el primero es el propio Presidente. En el gobierno de Turbay Ayala, fue el Ministerio de Defensa el que adquirió una preeminencia tal que fue el inequívoco segundo cargo, en cabeza de mi general Camacho Leyva, binomio que todavía se recuerda.

En determinados casos, como fue el de Alfonso Valdivieso, hoy minimizado por la crítica, el Fiscal vino a ser el más claro antagonista del Presidente, a quien debió denunciar ante las cámaras. Llegó a ser hombre del año en medios periodísticos y se pudo decir que era el suyo el segundo cargo público de la Nación.

¿Esto a que viene? A dos cosas, una, a que nunca entendí por qué el vicepresidente De la Calle se creyó forzado a renunciar por presión del primer mandatario, siendo que ambos habían sido elegidos por voluntad popular y no había entre ellos subalternidad.

Dos, que desde la creación de la Fiscalía, ente acusador y policial, se la ha considerado en más elevada categoría que las altas cortes, falladoras en justicia. La aceleración de los procedimientos que se ha logrado con el fiscal Osorio, no le otorga a la eficacia conseguida una primacía sobre la más lenta, pero definitivamente más importante declaración magistral de la Justicia.

   

Petardos y bombas; Zapatero; la mujer de Lot

Manuel Drezner

Zapatero

P. Opino que el llamar al presidente del gobierno español por su segundo apellido, Zapatero, no tiene tanto que ver con las costumbres gringas, sino con el propio entorno español, pues allí así lo nombran los medios y sus propios copartidarios. Supongo que tiene algo que ver con lo común de su primer apellido y con que Zapatero saliera del común de la gente y no de los encopetados apellidos españoles y éste es lo que quieren enfatizar. (MARÍA CRISTINA YEPES, Bogotá)

R. Es posible que quieran evitar el Rodríguez, mucho más común que el Zapatero. Pero el lector José R. Terreros dice que “Un amigo muy graciosa y sabiamente afirma que cuando una persona al presentarse a otra dice su nombre y dos apellidos, generalmente haciendo énfasis en el segundo, es porque el primero es malo”. Entre esas posibilidades está la razón del uso del segundo apellido para llamar al jefe del gobierno español, tema que curiosamente originó casi una docena de cartas que opinan al respecto.

La mujer de Lot

P. Muchos hacedores de crucigramas (¿crucigrameros?) llaman Edit a la mujer de Lot. Hasta donde mis pobres conocimientos bíblicos me lo permiten, la mujer de Lot es simplemente la mujer de Lot y no tiene nombre conocido. ¿Estoy errado? También es frecuente que denominen “Ar” al Argón y en todas las tablas periódicas que conozco el noble gas es simplemente “A”. (JOSÉ R. TERREROS, Bogotá)

R. La salada mujer de Lot es eso, la mujer de Lot, sin nombre conocido. Eso de que la llamen Edit es un invento que repiten una y otra vez sin que exista base para ello. En cuanto al Argón, puede que las tablas periódicas lo llamen "A", pero en cantidad de obras de referencia e incluso textos de química le dicen "Ar", de modo que hay que asumir que las dos abreviaturas son correctas.

El todero

P. La palabra todero sí figura en el Diccionario... (Ing. ÁLVARO URREA BUSTAMANTE, Bogotá)

R. En efecto, y contra lo que aquí se dijo, la útil palabra todero ya ha sido incorporada a la más reciente edición del Diccionario de la Academia como colombianismo. Gracias al amigo por su aclaración.

Petardos y bombas

P. A veces los terroristas ponen petardos y a veces ponen bombas. ¿Cuál es la diferencia? (R.H.,Cali)

R. La diferencia básica es que mientras que el petardo lo único que trata de hacer es mucho ruido y crear con éste, terror, la bomba trata de ser tan destructiva como se pueda, y el terror lo crea la cantidad de víctimas. De hecho la palabra petardo tiene el mismo origen (el latinajo pedere) que el maloliente ruido digestivo, y por eso se refiere elocuentemente, al ruido que hace.

manueldr@etb.net.co

La ley y la justicia

Tomás Eloy Martínez*

Hacia 1982, en los últimos días de mi exilio en Venezuela, le oí a Ramón J. Velásquez, un historiador famoso que luego sería presidente de la República, contar que medio siglo antes, el dictador Juan Vicente Gómez ordenó que reunieran a todos los mendigos en un barco mercante y los dejaran abandonados a la suerte del mar.

Pensé entonces en el único mendigo al que conocí de cerca, un hombrecito frágil y devoto, al que llamábamos Pacheco. En las tardes de la adolescencia solía sentarme con él en los bancos de la Plaza Independencia de Tucumán para que me contara sus visiones del Juicio Universal, del que se proclamaba testigo y sobreviviente.

Pacheco hablaba con los ángeles y creía que cada ángel constituye en sí mismo un paraíso. Imaginaba, por lo tanto, innumerables paraísos. Abrigaba la ilusión de encontrar uno propio después de la muerte, ya que nada había tenido en la vida.

A mediados de 1996, en un café del centro de Tucumán, dos amigos que también conocieron a Pacheco me contaron que había muerto en julio de 1977, durante la expulsión en masa de mendigos ordenada por el general Antonio Domingo Bussi —gobernador militar de aquellos tiempos— para exhibir las virtudes de su régimen ante el presidente de facto Jorge Rafael Videla.

Algunos de los infortunados mendigos habían visto a Pacheco —me dijeron— caminar hacia la muerte, desesperado de sed, en dirección al salar de Pipanaco, muy lejos del descampado donde lo abandonaron.

La crueldad de la historia me acongojó y pregunté quién podía conocer detalles más certeros.

“Ya nadie”, me explicaron mis amigos, “porque los que no perecieron en aquella travesía de infierno, fueron muriendo de un modo más atroz cuando los trajeron de vuelta. Se convirtieron en parias. Nadie se atrevía a darles comida ni abrigo, por miedo a las represalias del dictador”.

Me pareció que era un acto de justicia —aunque fuera tan sólo mi justicia— evocar a Pacheco en algún texto, para que su memoria no se perdiera, como tantas cosas. En enero de 2004 publiqué una crónica sobre aquellos hechos, atribuyendo a Bussi la responsabilidad de la expulsión.

El ex gobernador y comandante militar no sólo disponía entonces de un poder absoluto sobre su territorio. También era culpable de centenares de secuestros, torturas y matanzas durante los dos años de su régimen feudal.

Un ex gendarme que había servido bajo sus órdenes declaró haber visto, en un arsenal de Tucumán, a fines de 1976, cómo Bussi ordenaba arrodillarse a los detenidos, en grupos de 15 a 20, al borde de una zanja, y lanzaba personalmente la primera ráfaga de disparos como una señal para los fusilamientos.

Durante décadas, el atroz destino de los pordioseros tucumanos yació en el olvido. Pude exhumar un valiente relato publicado el 17 de julio de 1977 por el ya extinguido diario La Unión de Catamarca, que pertenecía al obispado de esa provincia.

Según La Unión, “los desposeídos” eran 24 y habían sido abandonados por un furgón del gobierno militar de Tucumán en grupos de dos a tres, a lo largo de unos 53 kilómetros, en el límite entre las dos provincias. La temperatura había descendido ese día a menos de un grado y los mendigos andaban en harapos. Al amanecer, los vecinos de los pueblos de los alrededores oyeron sus pedidos de auxilio, los condujeron al hospital de La Merced y denunciaron el incidente.

Cuando el gobernador militar de Catamarca se quejó porque su provincia estaba siendo convertida en “un depósito de desechos humanos”, Bussi ordenó que los mendigos fueran llevados de regreso en un avión sanitario.

Como la barbarie de la expulsión había saltado ya las vallas de la censura y se convertía en un escándalo nacional, el dictador feudal —que una década después ampararía sus atrocidades en la obediencia debida a órdenes superiores— decidió atribuir la culpa a sus subordinados.

Señaló que, “lejos de tratarse de lisiados, tullidos, ciegos y locos”, los desamparados eran, “en su gran mayoría, prófugos crónicos de centros asistenciales”, contra los cuales la policía tucumana había actuado por su cuenta, en un exceso de celo.

En mi crónica de 2004 yo llamaba a Bussi “pequeño tirano”" Eso lo enfureció. Me acusó de haberlo injuriado. El Diccionario de la Real Academia, sin embargo, lo refuta. Define como tiranos a quienes “obtienen contra el derecho el gobierno de un Estado, y principalmente” quienes lo rigen “sin justicia y a medida de su voluntad”.

Como algunas radios y diarios se han hecho eco del incidente, en Argentina y fuera de ella, quisiera precisar un par de puntos, porque en el episodio están involucradas —me parece— algo más que las razones o sinrazones personales. Se trata, en el fondo, de los abismos que se abren entre una concepción democrática y una concepción autoritaria de la vida.

Bussi afirma que ordenó investigar los hechos y que, como consecuencia, destituyó y sancionó al jefe de la policía provincial y pasó a retiro al personal que actuó en la expulsión.

Dos detalles esenciales lo desmienten. En una época de extremas sospechas y de caminos muy vigilados, el furgón con los mendigos —no prisioneros, sino secuestrados— había atravesado al menos siete retenes militares, lo que era imposible sin autorización del comandante regional.

El otro detalle alude a la sanción contra el jefe de la policía provincial, teniente coronel Mario Albino Zimmermann, que se dio a conocer el 18 de agosto de 1977, y que consistió no en arresto o cesantía, sino en nombrarlo, el día antes, secretario de Estado de Planeamiento y Coordinación. El “castigo ejemplar”, como se advierte, consistió en un ascenso.

Lo que me duele de esta historia es que me he quedado sin saber si Pacheco fue o no al salar de Pipanaco a beber las aguas de su paraíso propio, pero no me cabe duda de que allí está todavía, a la espera del próximo juicio universal.

*Autor de “La Novela de Perón”, de “Santa Evita”, de “El Vuelo de la Reina”, que gano en España el Premio Alfaguara.

Transmilenio y salud

Juan Pablo Ruiz Soto*

Uno de los pocos éxitos en soluciones urbanas aplicadas en Colombia es el Transmilenio. A pesar de que algunos taxistas se quejen porque les quita clientes; que algunos propietarios de buseta lo vean como un enemigo que les envía al desempleo, o que algunos usuarios reclamen por el sobrecupo, sin duda el Transmilenio tiene mucho más de positivo que de negativo.

Tan bueno es el diseño del Transmilenio, que desde su puesta en operación, muchas son las comisiones de gobiernos extranjeros que lo han venido a conocer. El sistema es rápido, barato y rentable, tres características que juntas poco se dan. Los metros o subterráneos son rápidos, pero mucho más costosos y requieren grandes y permanentes subsidios. Las ventajas de nuestro sistema hacen que de lugares tan disímiles como Vietnam, México, Finlandia, Sudáfrica, Chile, Perú, Centro América, EU e Indonesia nos estén visitando. En Ciudad León, en México, y en Yakarta, la capital de Indonesia, casi lo han copiado. En Santiago de Chile, Sao Paulo en Brasil, Ciudad de México y Quito, en Ecuador, se han hecho ajustes a los sistemas de transportes siguiendo parcialmente la experiencia colombiana. También están en proceso de ajuste proyectos similares en varias ciudades de China.

El objetivo de los gobernantes para las grandes ciudades en este siglo, es un transporte público masivo, eficiente y ambientalmente sano; esta es una necesidad global y una condición irreversible para la coexistencia urbana. Las ciudades y sus soluciones viales, ya no son pensadas para el transporte individual y privado. El único trasporte individual que puede crecer en el tiempo es la bicicleta, pues es ambientalmente sana y ocupa muy poco espacio por solución individual. El auto privado tendremos que aprender a dejarlo en casa y usarlo sólo para asuntos cruciales, pagando importantes sumas de dinero si queremos adquirir el permiso de usar la malla vial y circular con él a diario.

Los colombianos estamos en la delantera con el Transmilenio. De hecho, se construirán alternativas similares en otras siete ciudades de Colombia, pero nuestras clases media y alta están muy atrasadas en apreciar y usar el transporte público como medio cotidiano de desplazamiento. En Nueva York, a nadie se le ocurre ir a cenar a un restaurante y llevar su auto particular: el costo del parqueadero supera los 5 dólares por hora y los parqueaderos suelen quedar muy distantes, entonces es más agradable y razonable tomar el transporte público. Acá, un síntoma más de un pensamiento clasista y reaccionario, es que si no vamos en auto particular, nos sentimos pobres.

Hacer eficiente el transporte publico mediante el desarrollo masivo del Transmilenio, disminuirá el numero de conductores de buses y busetas en la ciudad. Sacrificar esos empleos es necesario por el enorme beneficio social que significa para el ciudadano desplazarse mas rápido y tener una atmósfera menos contaminada. Simultáneamente hay que mejorar la calidad de los combustibles que estamos usando. Los taxistas, que tienen el más desarrollado sistema de comunicaciones y bloqueo de la ciudad, deberían protestar por la mala calidad de los combustibles y el serio efecto negativo que esto genera en su salud. Para el taxista, el lugar de trabajo está a la altura del exosto de los vehículos. Ellos más que nadie sufren los efectos negativos por la alta contaminación atmosférica en nuestras ciudades.

Respecto al transporte publico, aún queda mucho por hacer y algunas soluciones las tenemos a mano. En un país con diesel de muy mala calidad y con abundantes reservas de gas, éste debería ser el combustible masivamente utilizado para el transporte urbano público y privado. En el corto plazo, deberíamos importar diesel de mejor calidad para los transmilenios, así tuviésemos que pagar $100 más por evitar la contaminación ambiental. El ahorro por enfermedades respiratorias sería mucho mayor que el incremento en el gasto al pagar un mejor combustible. La relación entre salud y medio ambiente requiere un profundo esfuerzo de gestión gubernamental, acompañada de efectiva presión ciudadana.

*El autor es especialista en manejo de recursos naturales en el Banco Mundial. Los puntos de vista aquí expresados son del autor, no representan ni pueden atribuirse a la entidad para la cual trabaja.

El ejemplo de Lance Armstrong

Thomas L. Friedman*

No hay duda en cuanto a que la séptima victoria consecutiva del ciclista Lance Armstrong en el Tour de Francia, lo cual ha impulsado a columnistas de deportes a rebautizar la carrera con el nombre de el Tour de Lance, lo convierte en uno de los más grandes atletas de Estados Unidos de todos los tiempos. Lo que considero más impresionante con respecto a Armstrong, aparte de su sola fuerza de voluntad para triunfar sobre el cáncer, es el estratégico enfoque que le pone sobre su trabajo, desde su régimen de entrenamiento previo a la carrera hasta la meticulosidad con que él y su equipo planean cada tramo de la carrera. Es una imagen digna de grabarse. He estado pensando en ellos en fechas recientes debido a que sus facultades para fusionar la fuerza con la estrategia –su planeación cuidadosamente anticipada y el sacrificio hoy en aras de un gran logro– al parecer son virtudes que están desapareciendo de la vida estadounidense.

Tristemente, esas son las virtudes que actualmente se asocian con China, atletas chinos y dirigentes chinos. Si se conversa con ejecutivos de negocios, ellos a menudo comentan con respecto a cómo muchos de los líderes de China son ingenieros, personas que pueden hablarte de números, resolución de problemas en el largo plazo y el interés nacional –no una bola de abogados que busca una declaración para lograr aparecer en el noticiario nocturno. El déficit más serio de Estados Unidos hoy día es un déficit de ese tipo de líderes en la política y los negocios.

John Mack, el nuevo director ejecutivo de Morgan Stanley, exigió inicialmente en el contrato que firmó, el 30 de junio, que su sueldo total para los dos años siguientes no fuera menor al paquete de pagos promedio que habían recibido los directores ejecutivos de Goldman Sachs, Merrill Lynch, Lehman Brothers y Bear Stearns. Si ese promedio resultaba mayor a los 25 millones de dólares, Mack iba a recibir un pago de cuando menos esa suma. Con el tiempo, él dio marcha atrás con respecto a esa exigencia tras una oleada de protestas, pero eso llamó considerablemente mi atención en cuanto a lo que es el epítome de lo que está mal en Estados Unidos hoy día.

Actualmente estamos jugando a la defensiva. Uno de los principales directores ejecutivos desea un sueldo que no se fundamente en su desempeño, sino en el promedio de sus cuatro rivales principales. Eso es como si Lance Armstrong dijera que competirá sólo si le garantizan que llegará en primero o segundo lugar, sin consideración a cuáles sean sus tiempos en cada etapa de la carrera.

En fecha reciente pasé un tiempo en Irlanda, que discretamente se ha convertido en el segundo país más rico de la Unión Europea, primero pasando por un severo ajuste del cinturón, en el cual todos tuvieron que sacrificarse, después con un seguimiento con un plan para mejorar el nivel de toda su fuerza laboral, aunado a una estrategia enfocada a reclutar e inducir a tantas empresas e investigadores como fuera posible, que estuvieran especializados en alta tecnología en escala mundial, para que se ubicaran en Irlanda. Los irlandeses tienen un plan. Están enfocados. Han movilizado el comercio, el trabajo y el gobierno en torno a una agenda en común. Ellos están jugando a la ofensiva.

Acaso no pensaría que si usted fuera el presidente, después de haber leído el enésimo artículo acerca de las principales empresas de Estados Unidos, como Intel y Apple, que construyen sus fábricas más recientes, e incluso instalaciones dedicadas a la investigación, en China, la India o Irlanda, convocaría a los principales líderes empresariales del país en Washington para formularles una sola pregunta: (¿Qué tenemos que hacer para que ustedes conserven sus mejores empleos aquí? Háganme una lista y yo no descansaré hasta que logre que sea puesto en marcha".

Y si usted fuera el presidente de Estados Unidos y acabara de ver más ataques suicidas en Londres (acaso no les diría a sus subalternos: “¿Tenemos que reducir nuestra dependencia del petróleo de Oriente Medio; tenemos que hacerlo por nuestra seguridad nacional; tenemos que hacerlo porque solamente si nosotros logramos el descenso del precio del crudo, estos países serán obligados a una reforma? Y deberíamos querer tal cosa, porque es claro que las soluciones de energía verde son la ola del futuro, y mientras más rápidamente nos impongamos una firme agenda ambientalista, más de nuestras empresas estarán a la cabeza de la innovación en estas tecnologías".

En su lugar, estamos por aprobar una iniciativa de ley del sector de energía que, si bien efectivamente contiene algunas buenas cláusulas, no hará ninguna mella real sobre nuestro consumo de gasolina, en buena medida debido a que nadie quiere exigirle a Detroit que fabrique automóviles que tengan un rendimiento mucho mejor del combustible. Estamos meramente pasándole a Detroit la soga para que se cuelgue. Es un suicidio asistido. Yo pensaba que la gente iba a la cárcel por eso.

Y si usted fuera el presidente de Estados Unidos, (realmente le diría a la nación, en vista del caos en Iraq, “si nuestros comandantes en el terreno dicen que necesitamos más tropas, yo las enviaré”, pero ellos no lo han solicitado. No es lo que los generales le están pidiendo, Sr. Presidente; es lo que usted les está pidiendo, que es: “(¿Qué necesitan para ganar?”. Porque es claro que no estamos ganando, y no estamos ganando porque nunca hemos hecho de Iraq un lugar seguro donde pudiera surgir la política normal.

Ah, bien, quizás tengamos los dirigentes que merecemos. Tal vez nosotros sólo deseamos admirar a Lance Armstrong, pero no ser Lance Armstrong. Eso es demasiado trabajo. Quizás esa es la pulsera que nosotros deberíamos usar: Vive mal. Ve de fiesta. Paga después.

*Ganador del premio Pulitzer en 2002 por sus columnas en “The New York Times”.

Que sí, pero no

Daniel García-Peña Jaramillo

No podía creerlo: Luis Carlos Restrepo, en el Palacio de Nariño, anunciando que el Presidente le había dado instrucciones de reunirse con las Farc de forma inmediata “en el sitio que ellos definan” y con “condiciones de seguridad que les den confianza”. ¡Ya, por fin, el Gobierno iba a darse la pela por el acuerdo humanitario! Me alegré profundamente por doña Yolanda Pulecio, la madre de Íngrid Betancourt, parada a su lado, que con los otros familiares, hoy encarnan la lucha por la dignidad humana en medio de la barbarie de la guerra.

Lamentablemente, la dicha fue flor de un día. Al “aclarar”, menos de 24 horas después, que el asunto era sin despejes, en la práctica se estaba echando para atrás: nadie más que el Alto Comisionado conoce que para las Farc lo único que les daría “seguridad” y “confianza” sería la desmilitarización de Pradera y Florida en el Valle del Cauca, como lo han pedido. Tampoco entiendo cómo puede decir que es imposible desmilitarizar territorios cuando se la pasa buena parte de su tiempo en la zona desmilitarizada de Santa Fe de Ralito.

Lo cierto es que nos quedamos sin saber si se trató de uno de los arranques del Presidente (como la propuesta de comprar coca, que alcanzó a durar dos días) u otra de las chiripiorcas cíclicas del Comisionado; si fue una patraña reelectoral como señaló el ex presidente López o una jugada para salirle al paso al Procurador o un intento por calmar a los franceses o simples ganas de quitarse de encima a los familiares.

Los primeros responsables por la tragedia de los secuestrados son las Farc, que los tienen privados de su libertad en clara violación al Derecho Internacional Humanitario, que explícitamente prohíbe la toma de rehenes. Por ende, lo que corresponde es que los liberen a todos sin contraprestaciones, como lo hicieron hace unos días con el soldado Duverney Orozco. Sin embargo, la conducta ilegal de las Farc no exime al Estado de su deber de hacer lo que esté a su alcance para obtener la liberación de los secuestrados. Es el colmo que se juegue con los sentimientos de las víctimas y del país que las acompaña.

El otro golpe que recibieron las esperanzas de la paz la semana pasada, provino del Comando Central del Eln. Aunque en sentido estricto no cierran del todo la posibilidad del diálogo, sí es evidente que desatendieron la más reciente oferta del Gobierno de instalar una mesa de acercamiento en el exterior, por un tiempo breve y definido, con el acompañamiento de un garante internacional y con el compromiso de suspender acciones contra el Eln una vez éste haya decretado un cese al fuego, lo que constituye un avance significativo frente a exigencias anteriores. Los elenos justifican su rechazo porque Uribe no reconoce la existencia de un conflicto interno, así como por la política frente a los paramilitares. Es probable que el Eln tenga el temor de ser utilizado para ayudar a reelegir a Uribe o legitimar el proceso con las Auc y la Ley de Justicia y Paz .

Pero las guerrillas colombianas están levantadas contra el Estado, no contra el presidente de turno. La posibilidad de ponerle fin a esta guerra absurda por la vía negociada, no puede depender de que a los insurgentes les caiga bien quién esté en el poder o que les guste lo que dicen. Como lo sentenció Simón Peres: la paz se hace con los enemigos, no con los amigos.

Esperar que el tema de la paz no se politice en etapa electoral, es como pedirle a un niño que no se antoje de un confite en una dulcería. Ni es tan claro que metiéndose en la paz le ayude a un Uribe que fue elegido y sigue gustando por su mano dura. Pero aun si el Presidente llegara a sacar provecho electoral, el valor superior de lograr la paz tendría clara prevalencia sobre el disgusto que sentiríamos quienes votaremos en su contra.

El Eln debe reconsiderar su determinación y aceptarle la oferta al Gobierno, corriendo los riesgos que todo proceso conlleva. Las Farc, a pesar de los bandazos, deberían retar al Gobierno a demostrar que no estaba cañando, fijando sitio y hora. El Presidente debe aprovechar el traslado del alto gobierno a Mocoa para abrir los ojos y darse cuenta de que sí hay un conflicto armado, al menos en el Putumayo.

Y el resto de colombianos y colombianas no deberíamos dejar que el futuro de nuestro país siga dependiendo de los estados anímicos de tantos locos.

danielgarciapena@hotmail.com

No nos consta

Tola y Maruja

—Oites Tola, ¿me podés acompañar a liquidar el realizo del chance donde doña Gata?

—¿Estás vendiendo chance?

—¡Cuánto hará! Mi hijo Elmer Cenario me consiguió la coloca con sus patrones los paras.

—Oites Maruja, perdoname lo metiche… pero es que yo siempre he estado por preguntate ¿de dónde sacates ese segundo nombre de tu hijo Elmer?

—De San Cenario, el santo patrono de los terratenientes.

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—¿Y te va bien en la venta de chance?

—¡Súper!… Al que no me compra lo ficho y le paso la lista a Elmer.

—Vea pues, yo no sabía que los paracos están en el negocio del chance.

—Y son muy organizados: al que les coge un chance le pagan el premio y por ahí derecho lo vacunan. Y les ha ido tan bien que le van a poner competencia al Baloto: el Maloto.

—¿Y por qué vos nunca me has ofrecido chance?

—Porque te conozco mosco y sé que sos más amarrada que brasier de monja.

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—Es que yo no me gusta comprar lotería porque es el impuesto de los bobos. Además, una vez me gané un seco y cuando lo fui a reclamar me salieron con sopa.

—Esto es distinto Tola, los paras dan todas las garantías. Por ejemplo: si un número no quiere caer, ellos lo mandan tumbar.

—Eh, qué peligro que uno les coja el gordo y le salgan con Gordo Lindo. O que le paguen a uno en metálico y sea plomo.

—Dejá de ser prevenida, Tola… Los paras tienen mucha experiencia en asuntos de suerte, acordate que eliminaban gente al azar. Y a Piedá Córdoba le dieron otro chance.

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—En fin, hasta bueno que los paras se dediquen a negocios legales, ya que la compra de coca se las quitó Uribe.

—El que está muy preocupado con la compra de coca de Uribe es el Ministro de Hacienda… Que si lo coge de vicio, nos quebramos.

—¡Qué va!… Los preocupados son los campesinos: tener que negociar con un paisa como Uribe que les va a pedir rebaja, fiao y la ñapa. Y que encima les pague con las manillas de Jerónimo.

—Lina también está preocupada con Álvaro comprando coca y ya escondió la acetona.

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